Elisa y Marcela

Elisa y Marcela

Si hoy en día aún es difícil mostrar abiertamente que la tendencia sexual no es la comúnmente aceptada por cuestiones religiosas, políticas y sociales, imagínense ustedes hace ciento diez años.

Año 1901. En Galicia. Dos mujeres quieren casarse y, para hacerlo, no les queda más remedio que una de ellas se haga pasar por hombre. Pero, como al final todo se sabe, tendrán que huir, cambiar de identidad, sufrir persecuciones y vejaciones, aguantar la distorsión de la veracidad y, sobre todo, afianzar su amor por encima de cualquier circunstancia.

Sin embargo, esta historia truculenta y aún hoy demasiado familiar (por conocida) en ciertos lugares, denostada por ciertos sectores, criticada por instituciones y personas que rigen ciertos designios, nos la presentan la compañía A Panadaría con una gracia especial, con una puesta en escena y una interpretación fuera de la común, con una creatividad desbordante.

Gena Baamonde dirige este truculento desaguisado con un ritmo vertiginoso, con sorpresas inusitadas en el hacer interpretativo de las actrices, con mucha dosis de expresión gestual y corporal, con flecos de cabaret, con hilachas de pantomima, con magistral vehemencia en las voces, con una continuidad quebrada en el texto, con visos de teatro infantil y de muñecos, y con la ternura necesaria para que nos enamoremos también del argumento y tomemos conciencia de tamaña tropelía.

Areta Bolado, Noelia Castro y Ailén Kendelman, casi sin despeinarse, manejan a su antojo todas estas técnicas narrativas. La del esfuerzo físico, tremendo, la de las voces y todos sus matices, la del canto magníficamente entonado, la de la cosificación de algún personaje, la de las sombras chinescas, la de la coordinación en el movimiento escénico, la del ritmo y la percusión con el propio cuerpo, la de la vis cómica (como se decía antiguamente) innata, fresca y diferente.

Hay chispas en el escenario, luz, viento fresco, ríos caudalosos de alegría y texto matizado de envergadura. No hace falta más que una tela blanca para imaginarnos la catedral, el tren, la cárcel, las oficinas, la ciudad entera. Nos llevan de viaje por las calles ficticias de la fatídica historia. Hay amor y hay humor en lo que hacen. Y no se puede explicar porque es un auténtico oleaje.

En su nítida claridad un tanto enrevesada, (¡viva!), nos despiertan los sentidos, los sentimientos y la risa en una historia escabrosa de persecución que nunca más debiera darse.

¡Olé!

Reinar después de morir

Reinar después de morir

Poesía y teatro, cadencia y ritmo pausado, literatura y barroco, una historia de amor, un drama pasional, lucha y muerte, sensibilidad y arte, celos y poder.

El lenguaje de Luis Vélez de Guevara en Reinar después de morir es espléndido. Estrellas rutilantes que se deslizan sobre el escenario. La pasión se elevará hasta esas estrellas, descansará en el río, abrirá ventanas. El viento en forma de voz cantada, rayos de sol cuando los enamorados se hablan. Los días acabarán en tragedia, pero aún después puede volar y florecer la reina del agua.

Tanto empecinamiento en hacer lo que es debido y no atender a la llamada de los enamorados que reivindicarán su condición de amantes más allá de cualquier traba.

Pepa Pedroche dirige con delicadeza esta historia de no huída, esta escarcha invernal de fuego en los corazones. Con el diseño de la puesta en escena de Ignacio García y la escenografía de José Manuel Castanheira, los personajes se mueven ralentizados en un espacio donde lo único que se queda fijado son los dardos de los celos porque los sueños no pueden quedarse estáticos.

Un elenco, el de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y en coproducción con la Compañía de Teatro de Almada, portuguesa, que también deslizará sus palabras en la interpretación sutil de los versos magistrales de Vélez de Guevara en la dramaturgia realizada por José Gabriel Antuñano. Lentamente, el drama se va apoderando de Inés de Castro, Lara Grube, por mucho que el príncipe don Pedro, David Boceta, quiera imponer su criterio y su sentimiento. Todos los personajes en torno a ellos crearán esa bruma espectral de tragedia y desolación. Manuela Velasco, María José Alfonso, (qué placer verla de nuevo en el escenario)… y la espléndida voz cantada de Rita Barber.

Venir al teatro y salir con la sensación de que lo hiciéramos por primera vez, no debería ser inusual. Sorprendernos, sentir, palpitar con los actores y personajes, hace que el teatro y nosotros sigamos vivos.

Diez maneras de cargarte tu relación de pareja

Diez maneras de cargarte tu relación de pareja

…”Y muchas soluciones para vivir felices juntos”, reza el subtítulo del espectáculo y el libro que se comercializará en librerías a partir del día 23 de enero.

Es decir, que parece que esto va en serio, aunque se interprete con humor y mucho salero. ¿Son sendos monólogos o terapia de grupo? Como lo llaman ellas, Patricia Ramírez y Silvia Congost, ¿binólogos o diálogo expositivo?

Soluciones para vivir (felices) juntos. Lo que implica que previamente hay o ha habido problemas. Natural. La convivencia, sea de quien sea y con quien sea, nunca es fácil. Ni fácil ni feliz. Porque las personas no son sencillas de entender y porque la felicidad nunca es continua. De ahí que estas dos psicólogas en roles de actrices nos intenten ayudar de forma optimista.

Lo tienen todo bien estudiado y delimitado como mujeres de ciencia, y ensayado como buenas artistas. Ponen simpatía, desparpajo, claridad, y rigurosidad a través de ejemplos conocidos y experimentados. También creatividad y ritmo, y un guion bien estructurado.

Diez maneras de cargarte tu relación de pareja, es decir, no son consejos para que hagas, sino para no deshacer lo que ya se tenía.

Como es natural, comienzan con el estereotipo de las diferencias entre mujeres y hombres, y viceversa. Así, pasito a paso, van desgranando las posibles causas por las que las parejas acuden a un gabinete de psicología para ver si les solucionan las fricciones y diatribas. Nos hablan y nos ejemplarizan con el primer enamoramiento donde todo es del color del que el otro mira. Pero de ahí a la dejadez hay un pequeño paso, todo porque muchas veces nos ponen límites o los ponemos sin ser demasiado conscientes de lo que se puede venir encima.

Pasan por otros puntos, la comunicación, que no es lo mismo que el entendimiento, y la diferencia entre lo que se dice y lo que se debería, para ello nos sacan a colación un simple transistor que es el traductor de Silvia, que dirá verdades y las cosas con la claridad del día.

Después, asumir las responsabilidades, cada uno las suyas, que aquí no se toma partido ni por él ni por ella, ni por los tíos ni por las tías.

Otro de los peligros los celos, el control de las acciones de la pareja y, por supuesto, el sexo, no queda nada a la deriva. Y lo que nunca, nunca se puede pretender es intentar cambiar al otro porque perderá su esencia infinita.

De esta forma, nos avisan. Pero lo hacen con humor y, al mismo tiempo, con osadía. No destruyas tu relación y, si lo haces, que no se convierta en pesadilla, nos vienen a decir. Para ello es importante ponerse a cantar y bailar, que muchas canciones son parte de nuestra vida.

EL MÉTODO GRÖNHOLM

EL MÉTODO GRÖNHOLM

Estamos sometidos a exámenes constantemente. Para cualquier cosa se nos pide, o pedimos, un examen, una prueba que ha de determinar si somos apropiados para lo que estamos buscando o nos consideran capacitados suficientemente para ello.

Exámenes en el colegio y en el instituto, por supuesto. (Aún no hemos acabado con eso). Exámenes para autorizarnos a conducir por la vía pública, para entrar en la universidad, para hacer un curso especializado, para solicitar un préstamo, para participar en un concurso, residir en un sitio distinto al nuestro, para acceder a un puesto de trabajo.

Y ahí está la sagacidad del examinado y lo que propone el examinando. Hacen falta técnicas. Técnicas de persuasión, de fingimiento, de expresividad oral y escrita, de resolución de problemas, de supervivencia e, incluso, de carácter emocional y personal.

En El Método Grönholm, Jordi Galcerán ya nos planteaba, con toques de humor, afortunadamente, este proceso que puede llegar a humillar a las personas, que puede hacer sacar lo peor de cada individuo y que puede hacer sentir que no somos lo que somos, sino lo que parecemos. Se acaba convirtiendo en una peligrosa trampa de engaños y sinceridades, de juego y riesgo, de zancadillas y ayudas en extremo.

Como no podía ser menos, la sala donde los candidatos deben pasar la prueba, la entrevista colectiva, el escenario adecuado, es aséptico. Impersonal, neutro. Ni siquiera habrá voces en off, todo será mimético y callado, cuidadosamente estudiado.

Tamzin Townsend, que dirige la obra, lo hace, en cambio, al contrario. Cierto es que está todo medido, pero se nota que trata a sus intérpretes con el mimo adecuado. Que les permite desarrollar sus falsos personajes de forma humana, cercana, cariñosa, para sacar de ellos lo mejor de su fuero interno.

Los cuatro están espléndidos. Luis Merlo, que mantendrá el tipo hasta casi el final, fingiendo y luchando por un puesto que cree le debe pertenecer por derecho. Va creciendo al tiempo que su personaje se va derrumbando. Marta Belenguer, que sacará también fuerzas de flaqueza y tendrá una trayectoria inversa a su compañero, (hablo de personajes, que conste), mantendrá el tipo y, como en la sociedad actual, por el hecho de ser mujer vea menoscabada su capacidad profesional, ¿hasta cuándo esto? Jorge Bosch, el más campechano, desvalido y sincero, y Vicente Romero, los nervios, la necesidad, el personaje incierto.

Todos nos hacen pasar dos horas de inseguridad y desconcierto, intentando, como ellos, averiguar quién miente, quién tiene más posibilidades, quién es más intrépido, con menos escrúpulos, a quién le daríamos nosotros el puesto.

Pero como somos humanos y, por tanto, impredecibles, el autor dará un giro al texto. Y nos sorprenderá con un golpe de efecto.

Lo que sí tenemos claro es que, nosotros, como seleccionadores de un buen montaje de teatro, este debe ser uno de ellos.

Mujeres al borde de un ataque de risa

Mujeres al borde de un ataque de risa

Tres, eran tres las hijas de sus madres, y las tres eran buenas.

Coria Castillo, Alicia Lobo y Maru Candel. ¿Y por qué? Porque al contrario que en el romance medieval donde tres mujeres, una rubia, una castaña y una morena, y que se hablaba de ellas como que eran barraganas, hetairas y milongueras, y a las tres las encontraron en grandes toneles muertas, a estas tres actrices, las tres morenas (o casi), las encontramos en el escenario del teatro Príncipe Gran Vía, todos los martes, para reírnos sin cosquillas y sin ser nada pejigueras. Al menos, cosquillas entendidas como la mano que nos martiriza en algún punto recóndito de nuestro cuerpo serrano o villano o de algún punto de la geografía humana o ibérica.

Nos advierten desde el principio que allí se va a reír, y si no, que no vengan. Y, además, que hay que reírse para fuera. Cada una con su estilo peculiar, su lenguaraz verborrea de anécdotas y chismorreos, es cierto que nos van arrancando carcajadas y cierto pudor de sin vergüenza.

Porque hablan sin tapujos, aunque Maru Candel nos hable de conciencia antigua y mujer nueva, de lo moderno y lo pasado, de intimidades a los cuatro vientos, de evidencias que se quieren ocultar por si acaso la decencia. Pero nos canta y nos acuna y nos lleva en volanderas.

Y Alicia Lobo, que interpreta una Ana Cardo con desparpajo y queriendo romper trincheras, sin tapujos ni medias tintas, dispuesta a enfrentarse a cualquiera para ofrecerse por entera. Mas luego nos sorprende con una gracia extrema y en la barra haciendo equilibrios con sus propios brazos y piernas.

Coria Castillo que, según ella, viene de Vallecas, aspecto este fundamental para entenderla. Sin complejos nos habla de gordura y de panceta, de una forma de vivir divertida y poniéndose el mundo por montera. Arranca aplausos, arranca mitos, arranca y no frena.

Las tres, que las tres son muy buenas, nos hacen pasar un rato de ausencia de melancolía y de resaca de fiestas, dando el todo por cada una, cada una siendo ellas mismas, entre las tres un poco moscas cojoneras (en el buen sentido, es que rima) para aflorar y contarnos sobre temas de sociedad  y fantasía libidinosa o, simplemente, de risa de las que hacen época.

Tres eran tres, Coria, Alicia y Candel.

Vete de mis sueños

Vete de mis sueños

Vete de mis sueños podría ser un verso.

Lo que anhelamos normalmente es soñar, alcanzar a través de los sueños aquello que nos es vedado en la realidad cruel y cotidiana. Sabemos que los sueños, sueños son, pero nuestra ilusión en cambio ve premoniciones en aquellos sueños que se repiten, que se convierten en obsesión, que llegan a martirizarnos porque son, precisamente, inalcanzables y, lo que es más habitual, inexplicables.

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