El vuelo de Clavileño

El vuelo de Clavileño

Barroquismo y La Mancha. Literatura y teatro. Cervantes mirando a la luna, canta y se inspira con enfebrecida pulsión de creatividad. Duelos y quebrantos, adarga antigua, rocín flaco, galgo corredor. Don Miguel no se cree él mismo lo que le está pasando. Y se le aparecen como por encantamiento, el ama y Sansón Carrasco, los duques, la condesa de Trifaldi, es decir la dueña Dolorida, y, por supuesto, don Quijote caballero y su fiel Sancho, rústico y simplón. En procesión de abanicos y velos negros, por mor de Clavijo, Antonomasia y Malambruno haciendo de las suyas, envíanle al famoso Clavileño el Alígero, para desbarbar a las dueñas encantadas.

Irina Kouberskaya, escoge el capítulo de El vuelo de Clavileño de la 2ª parte de El Quijote para hacernos una lectura totalmente barroca, de fantasía, y poética, respetuosa, pero libre, descubriéndonos con ojos teatrales la posibilidad intrínseca de crear sobre lo mágico, de no tomarlo como un capítulo más, sino una verdadera recreación de los sentidos y los sentimientos, de la relación cada vez más indisoluble de escudero y caballero, de complementarse en vivencias, necesidad de no limitar ni ensoñación ni realidad.

El elenco, perfectamente coordinado, entre la metáfora y la hipérbole, se mueven al unísono en un equilibrado compendio teatral de movimiento, voces, entrega, pasión, juego teatral. Y tanto don Quijote, Miguel Pérez-Muñoz, como Sancho Panza, grandísimo José Luis Sanz, recrean la mítica pareja a imagen y semejanza de nuestras ilustres ideas preconcebidas icónicas haciéndonos aún más valedores de estos personajes que forman parte de nuestra propia idiosincrasia.

Nunca defraudan los montajes de Irina Kouberskaya, porque lee los textos buscando lo escondido, lo insospechado, lo intrínseco, lo visceral, y le da una vuelta de arte y belleza llenos de esplendor para solaz de nuestras ávidas mentes de espectador.

Madre Coraje y sus hijos

Madre Coraje y sus hijos

Huir de la guerra, o sacar provecho de ella. No amilanarse ante las circunstancias adversas. Tener el valor para afrontarla, aunque haya que pagar un alto precio. La guerra nunca es buena, pero si se puede hacer negocio mejor o, al menos, que no nos hunda en la miseria. Tener coraje, decisión, subsistencia.

Madre Coraje arrastra algo más que un carro con enseres, víveres, bártulos,… también lleva su propia miseria. Primero sus hijos, después lo que venga. Pero sus hijos se van perdiendo en el camino, la guerra no hace distinciones, o sobrevives o caes en la cuneta.

Bertolt Brecht aprovecha su propio exilio, su huir de una guerra que se avecinaba cruenta. No es que quiera sacar partido, como el personaje de la historia, sino que lo necesita para concienciar a una humanidad depredadora e insatisfecha. Para criticar desmanes que se hacen en nombre “de en una guerra todo vale”, para provocar el efecto contrario, y poner en tela de juicio la religión, la política, la economía, la sociedad sin metas.

Hay dolor humano y egoísmo y mirada ciega. Sordomudez de la hija, falsa valentía de otro hijo, inocencia del que le queda. Y Madre Coraje y sus hijos fundiéndose en medio de la guerra con su carreta. Al final, ella sola frente a desmanes, sufrimiento, soledad, tiranía, represión, su propia conciencia.

Ernesto Caballero, nos trae la guerra a un ambiente más cercano, más recordable, más de nuestra época. Letras luminosas que nos indican las escenas. Puede ser una gran guerra, una guerra de guerrillas, una contienda fratricida, un enfrentamiento entre fronteras.

Respeta las canciones de Brecht, el distanciamiento que el autor preconiza, porque no pretende que nos solidaricemos con esa madre que pelea. Mantiene la poesía y la esencia de Brecht, aunque sea de desgarro y miseria. Pelos sucios, trajes raídos, frío y muerte, metal y paredes abiertas.

Los intérpretes sacan lo mejor de su esencia. Blanca Portillo, en un personaje duro no exento de humanidad, aunque lo disimule, no lo fuerza, lo crea nuevo, le da firmeza. Paula Iwasaki siempre acierta, con sus ademanes, con su voz, con su sola presencia. Jorge Usón, cargado de cierto misticismo y pragmatismo en partes medias, quizá el más humano de todos, con gran fuerza. Paco Déniz, el cocinero que se aprovecha, que se muestra directo aunque oculta sus verdades y no es como aparenta. Ángela Ibáñez, en el personaje más desvalido que consigue ponernos un nudo en la garganta, como el que tiene ella. Todos grandes, dando el todo por el todo, Compañía del Centro Dramático Nacional, calidad inmensa.

Under The Pelucas

Under The Pelucas

Pelucas, pelos, pelánganos, peluquín,… y debajo, la cabeza y a saber lo que haya debajo de esta. De momento, nada más principiar, tememos que se nos caiga el pelo por no leer bien la sinopsis de la obra y creer lo que no era. A partir de ahí, carcajadas lisonjeras.

Emma Basas y Judit Martín nos cantan y nos encantan. No tienen pelos en la lengua. Ocho rostros inefables, cuerpos siesos y estirados las acompañan y las observan. Cada uno de los maniquíes, aunque son iguales, son de distinta manera. No podía ser de otra manera (y repito “manera” porque “forma” no pega). En la historia de la humanidad y de las pelucas, todos somos distintos de los pies a la cabeza.

Por eso, Under The Pelucas, nos trae con humor inconexo, con gracia y sin desgracias, diferentes tipos de personajes e ideas. DeJabugo y pata negra. DeJabugo y peluca áurea y bella.

Lo mismo hay conflicto sobrehumano si una payasa no tiene peluca y nadie se la presta. Igual dos viejas cuentan chistes de mariquitas con el mismo final y nadie se lo espera. Otros personajes nos confiesan que andan buscando pareja. Dos moños muy moños andan a la gresca. Un cataclismo nuclear puede desencadenarse al abrir la puerta. Hay horror con las muñecas que nos cercan…

Cualquier cosa puede pasar con estas dos actrices gamberras, que se ponen el mundo por montera con una peluca en la mollera, que no tienen un pelo de tontas, que hablan y no se pelean, que pelillos a la mar, lo ponen todo de cabeza, que peligra nuestro hipo de reír sobremanera, que apelan al absurdo, pero estando bien cuerdas. Pasen y vean.

Por amor a Gila

Por amor a Gila

Cuando una persona nos cala hondo en el corazón no la olvidaremos nunca. Si esa persona es amiga entrañable nuestra, la recordaremos en cada instante y no necesariamente con nostalgia, sí con una gran sonrisa. Con la nostalgia, quizás, de que ya no lo volveremos a ver, pero sabiendo que está en sus actos, en los recuerdos, en las anécdotas, en el tiempo que pasamos junto a ella e, incluso, en los momentos más o menos largos que no la viéramos.

Si esa persona, además, es de una personalidad arrolladora, es un artista, una buena gente, tenía sentido del humor, sabía escuchar, podía hablar y escuchar con atención, nos enriquecía con su sola presencia aunque estuviera en silencio,… entonces tendremos la certeza de que nunca dejará de ser nuestro amigo, de que nunca nos abandonará aunque no esté físicamente, de que nunca perderemos su senda.

Y si además, nos quedan testimonios, grabaciones, fotos, objetos, lugares, instantes compartidos, pues querremos hablar de él y con él, tendremos la necesidad de contárselo a otros.

Eso ocurre con Rudy Chernicof, actor argentino, que nos trae Por amor a Gila, su testimonio, su amistad, sus chistes, su forma de ser, sus emociones, sus sentires, su humanidad desbordante.

El ruso, como le llamaban Gila y otros, nos abre el salón de su casa y nos cuenta sobre una de las veces que estuvo con el gran Miguel Gila. Cómo intercambiaban ingenio, corazón, amistad, palabras, recuerdos.

Rudy lo hace emocionado, queriendo transmitirnos solo una ínfima parte de la forma de ser y pensar de Gila. Nos atrapa, nos lleva al terreno melancólico y a la risa, a contarnos de primera mano que incluso los grandes artistas también son grandes personas.

Lo primero que me llama la atención en el escenario es que no está el emblemático teléfono de Gila. No hace falta. Chernicof cuando pone en boca de Gila sus palabras se encasqueta una boina, pero tampoco haría falta. Valga como homenaje visual. Lo que sí es importante y testimonial, además de todas las anécdotas ocurridas entre los dos, son los documentos sonoros. La voz del propio Gila, no podía faltar, pero también la del Nano, Joan Manuel Serrat, cantando a Miguel Hernández, porque el humorista y el poeta coincidieron en la cárcel. Y el tango, y los pedos, y el locutor que ensalza la figura del protagonista,… y nos hace integrarnos en esa historia de recuerdos, en esa nostalgia alegre de comprobar que el genio sigue tan cerca nuestro y tan vivo como el propio actor en ese momento.

¡Por Gila, por Chernicof, por el humor, por cierto!

Adiós, Arturo. La Cubana

Adiós, Arturo. La Cubana

No estamos preparados para la muerte. Siempre nos viene muy mal morirnos. Siempre hay cien mil cosas que hacer.

Y cuando eso sucede, ¡qué lata! Para los que se quedan, claro. Que si herencias, que si ausencias, que si echarse de menos, que si desmantelar las casas, que si nos has dejado solos, que si el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

En Adiós Arturo, lo bueno que tiene, es que la vida está muy presente. Es un funeral. Y nos sorprende. No hay luto. Solo el de la familia estrambótica que todos van a lo que quieren. Lo demás, es un homenaje a ese personaje de cien años que se hizo querer, porque fue sorprendente.

Vienen a darle su Adiós de todas partes del mundo. Mandatarios y jeques. Pobres y ricos, asociaciones y toda clase de gente. Era un filántropo, un espécimen diferente.

Como no hay funeraria que quiera hacerse cargo de un velatorio con música y canciones, con chistes y bailes, con personajes e intérpretes, se lo tienen que encargar a La Cubana, que lo mismo montan que desmontan, que son sorprendentes, que cantan bien, que bailan, que se transforman en un periquete.   

Y el público, totalmente interviniente. Esperamos recibir la herencia con grandes alicientes. El del humor, el del ritmo, el del colorido en los vestuarios, el de la originalidad en el guion, el de teatro, el de la vida alegre.

Desde la entrada de la calle, los miembros de La Cubana hacen que nos sintamos en un velatorio diferente. Nos ofrecen pastas, nos ofrecen trajes, nos ofrecen ser otros  y plantearnos la vida y la muerte intensamente.

Siendo solamente diez intérpretes, representan al menos, cienes. Son sopranos, transformistas, notarios, stripper, bailarines, mimos, vecinos, parientes, y toda clase de gentes.

Jordi Milán dirige esta bendita locura de muerte. Y se divierten y nos lo hacen pasar a nosotros de rechupete, Nuria Benet, Jaume Baucis, Montse Amat, Toni Torres, Toni Sans,… un elenco de sobresaliente.

Vayan ustedes  a dar su último adiós a Arturo Cirera, porque se lo merece.

Kebab

Kebab

Nadie abandona su hogar por gusto. A no ser que le hayan ofrecido un buen empleo, una mejora social, un mejor posicionamiento en su poder adquisitivo, o que quiera cambiar de aires porque su solvencia económica se lo permita. Pero aquí hablamos de gente necesitada. De búsqueda de nuevas posibilidades. De huida de situaciones límites. De necesidad de desaparecer para no ser encontrados. De precariedad económica, política, social, personal.

Las ilusiones puestas cuando uno se marcha a un lugar desconocido son infinitas. Los sueños no tienen fronteras. Sin embargo, la realidad, después, estalla contra la acera. Y no vale de nada lo que nos hayan contando otros que hicieron el viaje anteriormente.

En Kebab, de Gianina Carbunariu, se nos presenta la cruenta realidad de tres rumanos en Irlanda. Podrían ser marroquíes en Francia, o ucranios en Italia, o armenios en España, o ecuatorianos, o senegaleses,… En este momento da igual la procedencia y el destino. Cierto es que alguno consigue arraigar, mejorar, estabilizarse,… quizás después de muchos años de estancia en esa tierra inhóspita y fría. Pero una gran mayoría tendrán que subsistir a base de trabajo duro, de ilegalidad, de no tener credenciales, de trabajos vejatorios, de explotación sutil o descarada. Unos lo harán limpiando casas y mierdas, otros, quizás, trapicheando, otros cuantos prostituyéndose y muchos empleándose en trabajos de doce o catorce horas en hostelería, construcción, mensajería,… Lo peor, como ocurre en Kebab, es que sean tus propios compatriotas los que intenten sacar beneficio del desfavorecimiento en el que se encuentra el que migra. Y el caso es que no hay lágrimas. Hay golpes, hay abatimiento, hay violencia, hay desilusión, hay miedo, pero cualquier cosa, antes de volver a casa, a esa casa antigua que no es hogar, que es cárcel del alma. 

Daniel Ibáñez, Eva Rubio y Pablo Sevilla ponen en pie a tres de estos personajes. Dirigidos por Gabriel Fuentes, y sin escatimar crudeza, nos traen este texto de la autora rumana que pretende mostrar la tristeza, la desilusión, las dificultades, la soledad y la necesidad de apoyo, y los sueños, siempre los sueños, el recuerdo de la infancia, la ilusión porque todo sea de distinta manera.

Lo malo es que en esos sueños nos veamos como un Kebab al que van arrancando capas de carne y entrañas.

Bitnami