El ombligo de la reina, que no se veía

El ombligo de la reina, que no se veía

Podría ser un cuento. Un cuento de hortalizas, flores y verduras. De muñecos autómatas y personas distintas.

Podría ser un canto a la diversidad, a lo peculiar, a lo sorprendente, con convencionalismos costumbritas.

Podría ser un juego de dimes y diretes, de absurdos encadenados, de copla folclórica, de verdades y mentiras.

Podría ser un universo nuevo, una forma nueva de afrontar adversidades, de aceptar las cosas como vienen, de enfrentarse a la sociedad que solo se ajusta a ciertas normas expeditas.

Y es todo eso y más. Y es menos y es una función teatral divertida, y es surrealismo y ruralidad, y es conciencia compartida.

El ombligo de la reina. El texto y dirección, que es de Celia Morán, que se suelta la coleta, que se quita los zapatos, que se viste colores, que canta y baila, que se inventa un amigo invisible y nos lo cuenta a otros amigos invisibles, que instiga a que se acepte lo que no se considera “normal” aunque de primeras no se veía, que nos alecciona diciendo que los autómatas puede que sean otros, que se traba porque teme no ser comprendida, pero ocurre que la comunicación es de ida y vuelta y aceptamos sus ironías, nos reímos de sus salidas, nos sorprende con su valentía. Y nos retrotrae a Valle y sus esperpentos, a Ionesco,  a Beckett, pero también a Fernando Arrabal, a Nieva, a Gómez de la Serna, a mi tía la del pueblo, que también escribía (esto es broma, pero pegaba).

El elenco, también en su medida. Divertidos, comprometidos, sentidos, un poco idos, que es lo que requiere este montaje de gran sabiduría.

EnCanto Sur

EnCanto Sur

Suena primero Lorca, palabras en el aire y silencio. Patria de la poesía. Movimiento de baile, brazos y piernas, respiración contenida. Se va llenando el ambiente de versos, de recitado y cante sin música. La luna preside el fondo oscuro y se produce un encuentro entre poemas, flamenco, palabras cantadas, silencio de lucha.

También los colores hablan. Negro, blanco, rojo. Telas fecundas que ocupan su espacio, sangre, noche, luz de mediodía.

Enmudece el aire para dejar oír además de a Lorca, a José Agustín Goytisolo, a Benedetti, a Alfonsina y el mar, la Tarara, la voz popular, el taconeo y las palmas, diálogo de música, baile y poesía.

Sarini Nieto interpreta con el cuerpo, siente con las manos y los pies, la mirada habla, corazón galopante de pasión sin medida.

Mariana Taranto, voz sin sombras, nos abre al mundo del aire de los versos, la copla hecha persona, desgarradora emoción de transparentes poemas con los que nos guía y reconforta.

Celia Morán lo estructura y le de forma. La que da los detalles precisos, aunque pasen desapercibidos, es el silencio, la pausa versal, la presencia que no se nota.

EnCanto Sur, una propuesta real y cierta, “no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable”, que no acabe esta simbiosis de arte, poesía, baile, espectáculo de esfuerzo y sentimiento enraizado en nuestra cultura en el teatro de La Encina.

Tres sombreros de copa

Tres sombreros de copa

¡Capullito de alhelí y de azucena! ¡Es usted un bohemio! ¿Me da usted el brazo, patitas de bailaora?

Volver a visitar a Miguel Mihura. Entrar de nuevo en su habitación de Tres sombreros de copa y que sea él, el que descoloque todo y lo ponga patas arriba. Con su ingenio desbordado que no es tan absurdo ni descabellado. Con su ocurrencias humorísticas y nostálgicas en las que habla de soledad y libertad de expresión. En las que critica a su manera las convenciones sociales y lo política o socialmente correcto.

Tres sombreros de copa ya es un clásico. Se estrenó veinte años después de escribirse en 1932 como una novedad casi irrepresentable en la que muy pocos creían. Lo tildaban únicamente de locura. Hasta que, de manera velada e imperceptible, va arraigando como montaje no solamente cómico. Porque es una comedia sincera, espontánea, con emoción, con desparpajo, con vida propia, como diría el propio Mihura, con ritmo y “hasta con una cadencia especial que sonaba a verso”. Escrita con amor y melancolía.

Hasta que empieza a leerse en los cursos de bachillerato, los grupos de aficionados comienzan a tomarla como instrumento para sus prácticas teatrales y llega a formar parte del repertorio de muchas compañías. Es decir, se convierte en clásico e imprescindible. 

Y el acierto de este montaje de Natalia Menéndez, cuyo padre, Juanjo Menéndez protagonizó en el primer estreno dirigido por Gustavo Pérez Puig en 1952, es que acoge las características que buscaba y quería don Miguel. Sin exageraciones. Sin hacerse el gracioso, porque el humor ya está implícito y, además, hay que darle la ternura necesaria, la emoción no sobreactuada.

Esto ocurre con la Compañía del Centro Dramático Nacional, en la que todo el elenco acepta esa premisa de no desvirtuar grotescamente al personaje y lo interpretan limpiamente, con cariño y muchas ganas.

Pablo Gómez-Pando está francamente notable, es el Dionisio perfecto, tímido sin barroquismo a la contra, suficientemente emocionado, expresando esa frustración de no hacer lo que realmente le pide el cuerpo. En cuanto a Paula, Laia Manzanares, no le va a la zaga, se muestra casi más ingenua e infantil que el original, se la ve desvalida y sola como se exige este personaje. El resto, profundamente entregados, destacando a Arturo Querejeta que llena el escenario con su sola presencia. Tusti de las Heras, Roger Álvarez, César Camino,… imparables e incontenibles, fiel reflejo del espíritu innovador de una obra que nunca podremos dejar de verla.

Jódete y crece

Jódete y crece

Tanta veces oigo comentarios sobre las nuevas generaciones…, que no tiene aliciente por nada, que no leen, que están desinteresados por la política y más por la economía, que se mueven en un mundo de inestabilidad emocional inaudita, que si simplemente transgreden la norma para divertirse, que si no tiene expectativas, que solo piensan en el sexo y en la bebida, que en qué manos vamos a dejar esta sociedad de consumismo y desarraigo.

Sin embargo, otras muchas tantas veces veo y constato que hay jóvenes que luchan precisamente por cambiar esa concepción de la vida fácil y se plantean retos y quieren producir, crear, que están concienciados con que no se puede continuar por la senda del todo vale y que me lo den todo hecho. Al contrario, saben lo que quieren y pretenden conseguirlo, aunque no se vengan abajo a la primera de cambio, o cambien el protocolo de actuación, o no se atengan a lo comúnmente establecido.

En Jódete y crece, de Juan Pablo Cuevas, se nos plantean muchas de estas cuestiones. Esos jóvenes que, sin negar su derecho a divertirse, deben enfrentarse a noes en la búsqueda del empleo, a negaciones en el reconocimiento de sus valías y valores, a noes en los créditos, incluso a noes en sus relaciones personales. Y así, van cambiando de parecer, denotan inseguridad en algunos momentos, y aunque no buscan acomodo sí quieren bienestar como es lo lógico, y van encontrando puertas cerradas y desestructuran sus hábitos pareciendo, a veces, que no saben lo que quieren.

En este texto se habla, se dialoga, se duda, se emocionan, descubren, viven, sienten y padecen. Es decir, se joden y crecen, porque nadie les va a sacar las castañas del fuego ni ellos quieren. Quieren hacerse valer y si, además, tienen sexo, y locura, e ilusiones, entonces es cuando demuestran que no son eso, parias que viven de la sopa boba de los padres.

Alejandra Martínez de Miguel lo dirige con una escenografía explícita de una cama, que puede ser símbolo no solo de amores de pareja y triangulares, sino de espacio de soledad donde uno piensa en voz alta lo que le preocupa, símbolo también de los sueños que pretenden.

Lo interpretan muy solventemente el propio Juan Pablo Cuevas, junto con Bárbara Valderrama y Manel Hernández, los tres con la frescura necesaria, con diálogos ágiles y monólogos más que sobresalientes, donde nos implican a los espectadores para que tomemos conciencia de que la realidad también puede ser teatral, cómica, dramática, cercana y desafiante.

La visita de la vieja dama

La visita de la vieja dama

Friedrich Dürrenmatt es un autor suizo en lengua alemana que alcanzó sus más notables éxitos en la década de los 50/60. Especialmente a mí me llegó una pieza radiofónica, después reconvertida en teatro, Proceso por las sombra de un burro que, personalmente, me reportó grandes satisfacciones, precisamente con alumnos a los que dirigía yo sobre los años 80. Por eso me atraía ver esta puesta en escena de muestra de actores de escuela.

Pues bien, Antonio Domínguez, con su grupo teatral de interpretación monta un espectáculo con La visita de la vieja dama, con gran solvencia y capacidad artística. Hace una adaptación muy asequible y convierte algunas de las escenas en interesantes lecturas escénicas, como la de la búsqueda de la pantera negra, a oscuras y con linternas.

Como en todo grupo de actores principiantes los hay mejores y regulares. Pero tengo que destacar especialmente a Juan Pizarro que interpreta un sentido Alfred lleno de matices y seguridades, con el contraste de su personaje que es inseguro y se ve aturdido y acosado por el resto los personajes. Todo el resto del elenco, cumple bien su cometido, excelentemente dirigidos por su director y siguiendo las pautas de un arriesgado montaje tanto en su forma como en su planteamiento grupal de implicación.

Buenos hallazgos nos encontramos en este tipo de Muestras, donde se van forjando actores y actrices, directores que saben lo que hacen y lo que quieren, textos que en muchas ocasiones están olvidados, representaciones que demuestran que el teatro sigue bien vivo y que no se puede clasificar entre funciones de segunda o de primera, porque son todas la esencia del teatro que nos queda.

España Baila Flamenco

España Baila Flamenco

¡Qué lástima que no haya una formación de flamenco en las escuelas! ¡Qué lástima que no la haya de teatro y puesta en escena! ¡Qué lástima que la cultura en este país se valore tan poco!

Digo esto al hilo de la magnífica representación de España Baila Flamenco por el Ballet Flamenco de Madrid. Porque en Madrid también hay buen flamenco. Muy bueno. Este, por ejemplo, el que se representa en el Teatro Muñoz Seca. El tablao hecho escena.

En este espectáculo encontramos diálogo y emociones. Cultura popular y composiciones musicales de autores de alto nivel. Gerónimo Giménez (La boda de Luis Alonso), Sarasate, Albéniz, Boccherini, Caballero,… Córdoba, Asturias, Granada, Zaragoza,… nuestro folclore y nuestro pueblo. Un recorrido por España entera. Flamenco de Madrid, flamenco en las entrañas.

Ellos y ellas. Son las palabras en movimiento, en el aire, en el viento musical de la escena. Después imaginarios caballos, el trote suave de las castañuelas. Después la sombra, la tormenta y la espuma que se alza sobre el mar que no tenemos, nube blanca que nos recuerda su ausencia, la luna llena de color violeta.

Los músicos atrás, ocultos por una tela que no impide el sonido perfecto, la esencia primigenia del cante, de la flauta, del cajón acústico, de la guitarra, “corazón malherido por cinco espadas”.

Se suceden las coplas, las bulerías, las farrucas, las seguiriyas, las cañas, las alegrías y las penas, los tangos y la voz con su queja y su ay a las espaldas y las palmas y el ’zapateao’ y las faldas de volantes de lunares y la cara limpia y serena.

Coreografía de la roca y el fuego, mujeres y hombres, bailaores que van hacia la esperanza, buscando el agua, la tierra que es de todos, el latir de la naturaleza en brazos y pies, en el alma flamenca.

Flores en el pelo, zarcillos, tacones, las manos que hablan, los tacones que protestan, sonrisas y arte, que se debería aprender en la escuela.

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