LA VENGANZA DE LA PETRA

LA VENGANZA DE LA PETRA

Está bien revisitar, de vez en cuando, estos textos de autores de hace más de 100 años que, a pesar de que algunas de las tramas y argumentos quedan ya un poco lejos, nos sigue asombrando la facilidad en el lenguaje, el ritmo interno de la obra, la construcción de los personajes, el humor intrínseco y elegante, el reflejo de la sociedad de aquel momento. 

En La venganza de la Petra, Carlos Arniches no hace otra cosa que crear un cuadro costumbrista y, en muchas ocasiones, demasiado habitual en el contexto de principios de siglo XX.

Subtitulada “Donde las dan las toman”, viene a decirnos con la socarronería de 1917 que una mujer no debe permitir a ningún varón, por muy marido que sea, que la tomen el pelo. Que no son propiedad de nadie y que aquello de  “la mujer y la gallina con la pata quebrada en la cocina”, incluso en aquellos años, debe quedar obsoleto. Hoy en día, la mujer, a la primera de cambio, además de venganza, se tomaría las riendas por su mano y le daría puertas al gachó al mínimo desplante de sospecha de cuernos.

Por eso, quizás, en este montaje no nos fijamos tanto en eso y sí en la soltura y desparpajo de los personajes, en esa forma de ver las cosas ralentizada y sin agobios ni estreses de Nicomedes, el padre de la Petra, que se ve sumida en el despotismo de su mal llamado esposo.

En este caso lo dirige y lo interpreta con gran acierto, José Luis Gago, respetando el sainete, el gracejo innato de Arniches, el lenguaje exageradamente castizo y las formas clásicas de llevar a escena una comedia de humor popular y cercano.

Lo acompañan Carla Postigo como la Petra despechada, delicada, sutil, sin perder compostura, comicidad e inocencia. También un excelente Víctor Benedé, grande, comiquísimo, entrañable, simpático y arnichesco. El resto del elenco, Natalia Jara, Sonia Gascón, Juan Polanco,… también cumplen a la perfección con las pautas marcadas por el director y el espíritu de traernos esta divertida comedia que nos recuerda que Arniches nunca debe estar lejos.

Algún día todo esto será tuyo

Algún día todo esto será tuyo

Ahora se dice “biopic” que maldita falta hace. Una semblanza divertida, llena de ritmo, de guiños, de personajes, de pasado, de intereses, de requiebros, de medrosos políticos y financieros al más puro estilo hampa (con h, sí), donde hay dinero hay negocio, donde hay negocio hay explotación, donde explota hay cadáveres, donde hay muertos hay resucitados.

La excusa es Ramón Areces, fundador de El Corte Inglés, pero podría ser cualquier preboste crecido con aires de empresario innovador que mira en beneficio propio mirando al tendido estando seguro de que no le cogerá el toro.

La compañía Club Caníbal nos ofrece un montaje plagado de sensatez perdida, de crítica, de diversión, de vida, sangre, sudor y lágrimas, y risas. Bastantes risas. Muchas risas. ¡Lo que nos gusta reconocernos en los eslóganes, en el morbo de la crítica, si ya sabía yo que no todo es trigo limpio, en pensar, mira, si también tienen su punto débil, si “ya yo” te lo decía…! Algún día todo esto será tuyo, porque ya lo era de antes.

Los actores, Font García, Vito Sanz y Juan Vinuesa, dirigidos por Chiqui Carabante entran y salen de personajes, sudan, respiran, interpretan un mundo de intrigas, de sociedades, de recuerdos, y nos gusta que nos cuenten y nos digan de forma humorística que cualquier emprendedor puede ser un pequeño gran hombre algún día.

El ombligo de la reina, que no se veía

El ombligo de la reina, que no se veía

Podría ser un cuento. Un cuento de hortalizas, flores y verduras. De muñecos autómatas y personas distintas.

Podría ser un canto a la diversidad, a lo peculiar, a lo sorprendente, con convencionalismos costumbritas.

Podría ser un juego de dimes y diretes, de absurdos encadenados, de copla folclórica, de verdades y mentiras.

Podría ser un universo nuevo, una forma nueva de afrontar adversidades, de aceptar las cosas como vienen, de enfrentarse a la sociedad que solo se ajusta a ciertas normas expeditas.

Y es todo eso y más. Y es menos y es una función teatral divertida, y es surrealismo y ruralidad, y es conciencia compartida.

El ombligo de la reina. El texto y dirección, que es de Celia Morán, que se suelta la coleta, que se quita los zapatos, que se viste colores, que canta y baila, que se inventa un amigo invisible y nos lo cuenta a otros amigos invisibles, que instiga a que se acepte lo que no se considera “normal” aunque de primeras no se veía, que nos alecciona diciendo que los autómatas puede que sean otros, que se traba porque teme no ser comprendida, pero ocurre que la comunicación es de ida y vuelta y aceptamos sus ironías, nos reímos de sus salidas, nos sorprende con su valentía. Y nos retrotrae a Valle y sus esperpentos, a Ionesco,  a Beckett, pero también a Fernando Arrabal, a Nieva, a Gómez de la Serna, a mi tía la del pueblo, que también escribía (esto es broma, pero pegaba).

El elenco, también en su medida. Divertidos, comprometidos, sentidos, un poco idos, que es lo que requiere este montaje de gran sabiduría.

Tres sombreros de copa

Tres sombreros de copa

¡Capullito de alhelí y de azucena! ¡Es usted un bohemio! ¿Me da usted el brazo, patitas de bailaora?

Volver a visitar a Miguel Mihura. Entrar de nuevo en su habitación de Tres sombreros de copa y que sea él, el que descoloque todo y lo ponga patas arriba. Con su ingenio desbordado que no es tan absurdo ni descabellado. Con su ocurrencias humorísticas y nostálgicas en las que habla de soledad y libertad de expresión. En las que critica a su manera las convenciones sociales y lo política o socialmente correcto.

Tres sombreros de copa ya es un clásico. Se estrenó veinte años después de escribirse en 1932 como una novedad casi irrepresentable en la que muy pocos creían. Lo tildaban únicamente de locura. Hasta que, de manera velada e imperceptible, va arraigando como montaje no solamente cómico. Porque es una comedia sincera, espontánea, con emoción, con desparpajo, con vida propia, como diría el propio Mihura, con ritmo y “hasta con una cadencia especial que sonaba a verso”. Escrita con amor y melancolía.

Hasta que empieza a leerse en los cursos de bachillerato, los grupos de aficionados comienzan a tomarla como instrumento para sus prácticas teatrales y llega a formar parte del repertorio de muchas compañías. Es decir, se convierte en clásico e imprescindible. 

Y el acierto de este montaje de Natalia Menéndez, cuyo padre, Juanjo Menéndez protagonizó en el primer estreno dirigido por Gustavo Pérez Puig en 1952, es que acoge las características que buscaba y quería don Miguel. Sin exageraciones. Sin hacerse el gracioso, porque el humor ya está implícito y, además, hay que darle la ternura necesaria, la emoción no sobreactuada.

Esto ocurre con la Compañía del Centro Dramático Nacional, en la que todo el elenco acepta esa premisa de no desvirtuar grotescamente al personaje y lo interpretan limpiamente, con cariño y muchas ganas.

Pablo Gómez-Pando está francamente notable, es el Dionisio perfecto, tímido sin barroquismo a la contra, suficientemente emocionado, expresando esa frustración de no hacer lo que realmente le pide el cuerpo. En cuanto a Paula, Laia Manzanares, no le va a la zaga, se muestra casi más ingenua e infantil que el original, se la ve desvalida y sola como se exige este personaje. El resto, profundamente entregados, destacando a Arturo Querejeta que llena el escenario con su sola presencia. Tusti de las Heras, Roger Álvarez, César Camino,… imparables e incontenibles, fiel reflejo del espíritu innovador de una obra que nunca podremos dejar de verla.

Jódete y crece

Jódete y crece

Tanta veces oigo comentarios sobre las nuevas generaciones…, que no tiene aliciente por nada, que no leen, que están desinteresados por la política y más por la economía, que se mueven en un mundo de inestabilidad emocional inaudita, que si simplemente transgreden la norma para divertirse, que si no tiene expectativas, que solo piensan en el sexo y en la bebida, que en qué manos vamos a dejar esta sociedad de consumismo y desarraigo.

Sin embargo, otras muchas tantas veces veo y constato que hay jóvenes que luchan precisamente por cambiar esa concepción de la vida fácil y se plantean retos y quieren producir, crear, que están concienciados con que no se puede continuar por la senda del todo vale y que me lo den todo hecho. Al contrario, saben lo que quieren y pretenden conseguirlo, aunque no se vengan abajo a la primera de cambio, o cambien el protocolo de actuación, o no se atengan a lo comúnmente establecido.

En Jódete y crece, de Juan Pablo Cuevas, se nos plantean muchas de estas cuestiones. Esos jóvenes que, sin negar su derecho a divertirse, deben enfrentarse a noes en la búsqueda del empleo, a negaciones en el reconocimiento de sus valías y valores, a noes en los créditos, incluso a noes en sus relaciones personales. Y así, van cambiando de parecer, denotan inseguridad en algunos momentos, y aunque no buscan acomodo sí quieren bienestar como es lo lógico, y van encontrando puertas cerradas y desestructuran sus hábitos pareciendo, a veces, que no saben lo que quieren.

En este texto se habla, se dialoga, se duda, se emocionan, descubren, viven, sienten y padecen. Es decir, se joden y crecen, porque nadie les va a sacar las castañas del fuego ni ellos quieren. Quieren hacerse valer y si, además, tienen sexo, y locura, e ilusiones, entonces es cuando demuestran que no son eso, parias que viven de la sopa boba de los padres.

Alejandra Martínez de Miguel lo dirige con una escenografía explícita de una cama, que puede ser símbolo no solo de amores de pareja y triangulares, sino de espacio de soledad donde uno piensa en voz alta lo que le preocupa, símbolo también de los sueños que pretenden.

Lo interpretan muy solventemente el propio Juan Pablo Cuevas, junto con Bárbara Valderrama y Manel Hernández, los tres con la frescura necesaria, con diálogos ágiles y monólogos más que sobresalientes, donde nos implican a los espectadores para que tomemos conciencia de que la realidad también puede ser teatral, cómica, dramática, cercana y desafiante.

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