El juego de arriesgarse a ganar el doble o a perderlo absolutamente todo. Enfrentarse a los miedos. Los propios, los internos, y los que nos ofrece ese mismo juego. Apostar por uno mismo cuando serán los demás los que tomarán la decisión final por nosotros. Acumular las energías suficientes, y la astucia necesaria. La templanza, pero estar dispuesto a poner la zancadilla o a llegar antes por el atajo. Para ello, unos (y unas) utilizan la seducción y otros (y otras) el despotismo, las malas artes, la escucha ilegal, el robo de imágenes.

En escena hay dos pasiones. Muy diferenciadas. Hay una sensación de control y dejarse llevar, pero también de angustia por el futuro. Hay una tormenta generada por los cambios que puedan venir, y una lluvia constante, algún trueno, la excusa perfecta para no tener que abandonar la habitación precipitadamente.

En Doble o nada, hay susurros y gritos callados. Almas solitarias que quieren encontrarse. Llevan años jugando al escarceo amoroso y siendo profesionales para que no se note. Pero todos lo saben. Menos ellos mismos. Quieren salir de la miserabilidad de conseguir lo que se proponen, pero procurando que nadie se dé cuenta. Hasta que en este juego, irremediablemente,  se cae en la trampa. Pero no cae uno (o una) solo. Como en las batallas por el poder, unas veces el triunfo o la derrota se inclina hacia diferentes lados, y también hay treguas.

Está el miedo, sí. Y el anhelo, y el deseo, y la gloria o nada.

Sabina Berman escribe este sutil texto de actualidad rabiosa por lo que supone que en esta sociedad si no consigues escalar puestos, no eres nadie. Hay que saber aprovechar las oportunidades que nos pone la oferta económica. Lo dirigió Quique Quintanilla dejando su impronta en esta descomunal pareja de intérpretes, encabezada por un emblemático Miguel Ángel Solá, al que no se le escapa ningún pequeño detalle, lleno de matices, proporcionándonos un auténtico placer verlo en la tesitura de su abrumado personaje al que le van faltando las fuerzas, pero que se niega a ser derrotado. Y Paula Cancio que le da la réplica en su justa medida, sutil, quizás más enigmática, pero también mostrando sus debilidades para sobreponerse para alcanzar ese doble objetivo que la está esperando.

Doble, por la pareja que nos hacen pasar unos buenos momentos de buen teatro de texto. Nada de aburrimiento y doble satisfacción en la rivalidad del personaje aludido y al que claramente nos imaginamos. Nada de indiferencia, doble emoción de estos personajes tan imperfectos como humanos. Doble o nada. Apuesto por ir dos veces, al menos, a verla que nada nos impida hacerlo.

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