Fuera no llueve. Y uno piensa que no estaría mal que cayera un buen aguacero y se oyera, igual que se oyen las palabras de este conferenciante que pierde los apuntes, aunque encuentre los versos adecuados para cada momento de sus recuerdos.

Un hombre tranquilo y sereno. Hasta el límite en el que se puede estar en ese estado, después de que la asistenta se marchara y su gran amor se diluyera como gotas de agua que absorbe el suelo.

Los libros le acompañan. Pero su mente está abstraída, y no solo por la pérdida de los papeles de la conferencia. Es que fuera no llueve. Y tiene que hablar de la lluvia. Pero consigue que se le humedezcan los ojos. Consigue desvelarnos sus secretos. Se confiesa. Se desnuda. Se empapa en el paisaje de los libros y se sumerge en los versos que nos va recitando como si fuera un susurro al oído.

El conferenciante no dará una charla expositiva ni argumentativa. Simplemente, se descubre a sí mismo.

Con un precioso texto de Juan Villoro, lleno de referencias a poetas que nos salpicaron con su lluvia de versos, Enrique Simón, se nos hace familiar y amigo. Nos deja entrar en su intimidad, en sus tardes de silencio, y nos ofrece su voz sin paraguas, su dique seco, después de chapotear en el desierto de su soledad que, finalmente, comprendemos. Nos ha abierto todos sus libros, ya leídos, con su voz nos atraviesa, nos encuentra, nos hace partícipes enseñándonos sus rincones, y ahí nos metemos, como ratones devoradores de sentimientos.

Guillermo Heras lo dirige, más bien lo encauza, porque Enrique Simón, rodeado de palabras inmateriales, sueña en voz alta. Sabemos que hay nubes en su cielo. Y son grises, y son de tormenta, y tiene la necesidad de descargarlas mientras los truenos resuenan dentro de nosotros.

Sensibilidad exquisita y absoluta en este montaje, en este monólogo impregnado de la melancolía de una tarde desapacible donde las confidencias son necesarias para no caer en la desesperación de un valle anegado de tristeza.

Un hombre solo con una biblioteca abigarrada de poetas solos. Un actor que se engrandece con la pérdida de su discurso y, entonces, se muestra aún más noble, destruido pero sin romper del todo, solicitando que no haya sequía en su yo, porque tiene que hablar de la lluvia, y lo que hará será contarnos que sin recuerdos lluviosos nadie se salva de ser un menesteroso.

Hay que dejarse inundar de lágrimas para luego verterlas sin desdoro. “Tiene que llover, a cántaros”.

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