Lo que dijo primero Plauto, que luego comentó Molière, que ahora nos cuenta en su versión Juan Carlos Rubio, que también dirige Anfitrión, de Plauto, de Molière, de Rubio, de quién sabe quién, igual que los personajes.

Descienden los dioses del Olimpo porque se aburren de ser inmortales (y perfectos). Entre ellos hay una calma chicha. Necesitan de las contradicciones de los seres vulgarmente humanos, para sacar partido a su existencia imperecedera. Les gustan las equivocaciones de ellos, pero también su forma de vida, sus mujeres, su pleitesía, sus dudas, sus contradicciones, su pasión, su vida y, quizás, hasta su muerte. Porque sufren y son capaces de sobreponerse. Los humanos, me refiero. Los dioses ya sabemos, o creemos, que se prolongan en el tiempo y lo que no sabemos muy bien, es por qué.

De tal manera, que nos encontramos con una comedia divertidísima que conjuga mitología, con sombrías dudas de celos, con la serenidad del siervo que, por no ofender, cambia de parecer y de criterio, con la vindicación de que las mujeres no solo simple objeto. Hay una mano gigante que nos mueve como muñecos. O no. En realidad, todo es un circo. El Circo Olimpo, el de las batallas y los amores, el de ser alguien, ser nadie, o un Sosias cualquiera que no quiere problemas sino ser sencillo y honesto.

Intercambio de identidades. Solo los dioses son capaces de ello. Y no les remuerde la conciencia, se divierten, e irrumpen en nuestros actos como si fuéramos propiedad de ellos. Me lleva esto a conjeturar si es que hay políticos que se creen también con derecho a modificar nuestro modus vivendi.  En fin, Dioses paganos de nuestros tiempos.

Pero, no nos salgamos del tema. El tema es que pasas una hora y media de acción tremenda, de risas y de gestos risueños. El universo en Júpiter, en Mercurio, y en mediocres personas de medio pelo. De eso nada, que vemos en el escenario a grandes actores y actrices interpretando con denuedo.

Pepón Nieto, Toni Acosta, Fele Martínez, José Troncoso, Dani Muriel y María Ordóñez que son la tempestad del trabajo bien hecho. ¡Por dios, cuántos equívocos y cuánto me divierto!

Anfitrión que no deja pasar a su casa a nadie, pero todos se le cuelan dentro. Anfitrión el teatro de La Latina que nos acoge sin miedo. Anfitrión la alegría y el contento. Anfitrión todo el texto, demostrando que los temas clásicos también son susceptibles de convertirse en modernos. Anfitrión de la noche y el día, la aurora y el manto de la oscuridad que brilla con las estrellas del escenario que nos ofrecen su talento.

Anfitrión, vayan ustedes a verlo.

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