En Bienvenido Mr. Chance, una película del año 1979, del director Hal Ashby, cuyo protagonista es Peter Sellers, un jardinero analfabeto, por circunstancias externas consigue llegar a ser consejero y candidato a presidente de los Estados Unidos. Pues bien, Pepa, la mujer madre soltera de mellizos, sin estudios, sin trabajo, del pueblo, no llano, sino abrupto, también por circunstancias excepcionales no buscadas, se entusiasma con la idea y consecución de formar su propio partido político e intentar arreglar las cosas a su manera, que bastante desmán hay ya por el mundo.

La vida alborozada de su forma de ser, no venirse abajo, sentir que lo que se hace se hace de corazón y con las tripas aullando por el hambre, pero a eso una ya está habituada, eso es lo de menos, hacen del personaje una buena opción, con la sabiduría popular de la experiencia y los sentimientos, la pacificidad de ser una mujer honesta, la vulnerabilidad de quien no tiene malicia, el soplo fresco de alegre espíritu, la celebración de lo auténtico.

Dulces dátiles de palmeras necesarias para subirse y ver la vida desde lo alto. Tranquilas águilas perdidas que buscan acomodo fiable en los hombros de quien es sencillo. La actualidad y la realidad vista desde el punto de vista de quien no pregunta porque sabe que no obtendrá respuestas satisfactorias. Todo eso es este monólogo, divertido y punzante, de Pepa Rus, ¡Viva la Pepa!, y no es la Constitución de 1812, sino la de “Pepa, no me des tormento”, es decir, un guion escrito por Juan Luis Iborra y Sonia Gómez, que también dirige el primero.

Algo nos dice que no todo es bello. Esa alambrada de Melilla, esa historia antigua de soledades y de caminos serpenteantes que hacen rugir los estómagos. Pero, también, la belleza y, sobre todo, la grandeza de quien cree, más o menos, que todo el mundo es “güeno”.

Hay que tener mucha habilidad para contar una historia de amargura riendo. Y saber estar en el escenario, una sola, sola con su voz y sus dotes de transmitir sentimientos.

Dicen, los que son futboleros, que todos llevamos un entrenador dentro y sabemos lo que haríamos cuando nuestro equipo va perdiendo. Creo que, todos, ejerceríamos de políticos honrados y cercanos, si el poder no tuviera el poder de transformar a la gente en codiciosa.

Esta es una historia de superación, de no venirse abajo, de afrontar lo que viene, y si no está bien, intentar cambiarlo. Esta es una historia sencilla de una mujer grandiosa. Porque visto lo visto, ¿quién no lo es, aunque no salga en los medios?

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