Siempre hay alguien en una situación límite. Enloquecidos, empobrecidos, sórdidamente abandonados, aferrados simplemente a la vida, subsistiendo del aire contaminado, entre escombros por una bomba que despedaza no solo los cuerpos, también las almas, hechos jirones no solo la ropa, también los órganos internos, miserablemente tratados, en un universo desequilibrado, enjaulado, vapuleado, torturado, manipulado. Por unos pocos. Por unos cuantos. Por unos soberbios. Por los que se creen y se crecen dueños del mundo, los que deciden y matan, y destruyen, y acaban con los sueños.

Sí, es un Shock, y no es el primero. Y no es el segundo. Y no nos pilla de sorpresa. Pero nos pilla indefensos. Un Shock donde unos luchan contra lo imposible y otros acometen el poder con naturalidad. Un Shock de lágrimas y melancolía, de destrucción de los sueños, de no creer en la humanidad, o peor, en la sociedad que nosotros mismos hemos construido.

“¡Oh, paradoja monstruosa!”, decía León Felipe en El payaso de las bofetadas. “Todas las voces de la tierra, zumbado en coro, haciendo rueda en los oídos del pobre payaso de las bofetadas, no hay justicia”.

Y nos ofrecen, después, ayudas humanitarias para enriquecer empresas de promesas económicas. Y nos dicen que hay que sembrar para recoger después de que hayan exterminado las cosechas. Y nos cuentan (otra vez León Felipe, “yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos”) que el futuro es prometedor, pero no nos dicen que para ellos, y nos alientan a sufrir, a que si nos matan ha sido por un error o porque no debiéramos haber estado ahí.

Shcok. II. Segunda parte. La Tormenta y la guerra coronadas de luces como si fueran estrellas, pero son misiles que alcanzan su meta.

Albert Boronat, Juan Cavestany, Andrés Lima, Juan Mayorga y los autores de los discursos que no piden la paz ni la palabra. Los que hacen arengas diciéndonos que no nos vayamos de aquí, pero que aquí no deberíamos estar. Pájaros que no vuelan. Testimonio de masacres, de torturas, de la basura humana en la que nos convertimos cuando nos creemos superiores.

Desesperación y muerte. Andrés Lima dirige esta segunda parte con la claridad de quien ve la profunda oscuridad de los desmanes de los dirigentes que no dirigen, sino que ordenan. Lágrimas y llanto, crisis perpetua.

Y encima, ahora, se nos viene encima (o dentro) un virus que se cuela en los pulmones y en las arterias para producir más horror, más miedo, pero que permite mayor control por parte de las autoridades “competentes”.

Antonio Durán “Morris”, Alba Flores, Natalia Hernández, María Morales, Paco Ochoa, Guillermo Toledo, Juan Vinuesa, unos pocos haciendo de muchos, unos pocos dirigiendo sin sentido el planeta caliente, la tierra seca, los corazones moribundos, hasta convertirnos en polvo mientras ellos asisten a fiestas.

Este gran montaje del Centro Dramático Nacional, remueve las entrañas y la conciencia.

Shock 2

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