Las cenizas de Eusebio remite, casi inevitablemente, por el título, a Las cenizas de Ángela de Frank McCourt. Pero estas cenizas de Eusebio, pobre Eusebio, remiten al gris, al polvo, al eufemismo del “se nos ha ido para siempre”, a la ausencia, a la infelicidad del finado, pero más a la infelicidad de los que las conservan en una urna misteriosa, anidando con los desechos “polverizados” de un secreto de alto valor pecuniario.

Miguel Valiente presenta un texto de terquedad y cromatismo humano, de subterfugios y escritura de intriga, pero sin angustias y con muchas palabras, escenas paralelas, planes fracasados y duelo que no es tan doloso.

Te sientas y se remueven las cenizas en una simplicidad de trama que no supone un trauma y sí nos saca alguna sonrisa por la más que notable actuación de los intérpretes, que juegan a ver quién es el que se lleva el gato al agua, en este caso el botín de una urna macabra y de fácil acceso.

Teresa Ruíz Velasco, Cristina Subirats, Iris Prinses, Ángel Baena y Carlos Martín, con dirección de la propia Teresa Ruíz Velasco, nos muestran un loco y confuso interés sospechoso de esqueleto calcinado sin tumba oscura para iluminar un próximo futuro de hermosos sueños.

La obra se deja ver con amable estado de ánimo por la singularidad de estos personajes inquietos, casposos algunos, previsibles otros. Las cenizas de Eusebio son codiciadas y brillantes, y Eusebio sin saberlo, mecachis.

Las cenizas de Eusebio

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