No se puede ser joven eternamente. Eso lo sabían ya desde el Renacimiento y el Barroco (Carpe diem). Pero no por eso debemos desesperarnos. En el camino hacia ese declive que llegará, tarde o temprano, se experimentan diversas situaciones, se acumulan experiencias,  se fracasa y se triunfa, se deterioran las relaciones personales y las amistades, pero se encuentran otras, la vida nos inflige dolor y alegrías, rupturas y encuentros, gritos y susurros.

Y la memoria y los recuerdos se encargan de traérnoslos de vez en vez para no caer en los mismos errores, aunque, finalmente, los cometamos de nuevo.

Así, la compañía Exlímite, en su nuevo espacio de Usera, nos trae con saltos en el tiempo, con palpitaciones del corazón, con lágrimas en el alma, con sonrisas en la piel, con la totalidad de la esperanza y la pesadumbre acechando, historias de diferentes personajes, de madres y padres y sus hijos, de parejas, de amistades, de jefes y trabajos, de soledades y encuentros.

Pero hay que seguir viviendo.

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Y en un trabajo de equipo capitaneados por Juan Ceacero, en una dramaturgia colectiva hecha efectiva por Fernando Delgado-Hierro, donde todos son importantes, donde estamos cautivos de la sociedad, donde la promesa de una buena vida es el acercamiento a una mala muerte, donde el amor va y viene, a veces confundiéndose con el sexo, donde la tregua a la tiranía de la vida son los sueños, donde romper con lo establecido es desgarrarse en silencio, donde el vínculo de la sangre también nos coarta en nuestra libertad, donde aunque no se haya deseado nacer, después tampoco se desea morir, donde las preguntas siempre son retóricas porque por mucho que nos contesten solo escucharemos la respuesta que nos satisfaga, donde se deteriora el sentimiento,…

En un trabajo actoral de intensidad y potencia física, emocionalmente arriesgado, intelectualmente laborioso, cuatro actores y cuatro actrices (Javier Ballesteros, Ángela Boix, Pablo Chaves, Leticia Etala, Beatriz Jaén, Ángel Perabá, Néstor Roldán y Belén de Santiago) dejan atrás largos caminos para volver a recorrerlos de nuevo. No descansan en ningún momento de las tres horas y media largas de representación, se envuelven en el sudario de la juventud que, indefectiblemente, irá pasando. Horadan sus lamentos y doblegan sus pensamientos, todos al servicio de todos, interpretando descarnadamente al mismo tiempo que protagonizan cada uno su historia, se encuentran en un espacio común que habla de desencuentros.

Podrían ser fantasmas de sí mismos, pero nos muestran en audaces pasiones el paso de la juventud al ocaso que ven en el horizonte y no quieren aceptarlo.

Frenético montaje que te remueve los intestinos, que no te deja indiferente, que te muestra la reciente historia humana y variopinta de los últimos veinte años de jóvenes que ya no tienen veinte años.  

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