Cuando en 1986 Adolfo Marsillach creó y dirigió la Compañía Nacional de Teatro Clásico, pretendía dotar de una determinada unidad de criterio estilístico el tratamiento de los clásicos en el escenario. Dicha unidad consolidó una forma distinta de entender los montajes del teatro del Siglo de Oro, aseguró las bases que permitieron acercarlo al público actual y estableció nuevos planteamientos para la puesta en escena contemporánea.

Me congratula ver que 35 años después, sigue habiendo ese criterio de acercar las obras de nuestro Barroco o Siglo de Oro a una estética acorde a nuestros días, donde disfrutemos de cada texto, de cada verso, de cada puesta en escena, como es de suponer que lo hacían en el siglo de XVII, pero afín a nuestra estética y nuestros gustos actuales.

Asisto a ver Castelvines y Monteses, de Lope de Vega, también nuestro Lope de Vega, como los ingleses consideran orgullosos a William Shakespeare, su Shakespeare. Y hete aquí, que Lope, con su vida “de película”, sus escarceos amorosos y sus crisis de fe, su imparable producción literaria, no se abstrae a la historia de los amantes de Verona, y en un alarde ibérico de humor, ingenio, dominio del verso y de las palabras, de las situaciones y de los personajes, nos ofrece esta versión de rencillas de Capuletos y Montescos.

Pero Lope se debe a su público, que son los que van a ver sus comedias, y sí, introduce elementos trágicos y dramáticos, pero prima en primer lugar la comedia, el enredo, el retruécano escénico, el estrambote añadido de forma irónica y divertida, la solución apaciguadora para todo el mundo.

Y llega Sergio Peris-Mencheta y se va hasta el siglo XVII para coger los trastos de montar teatro, se va hasta Verona para traernos el balcón soñado, se acerca hasta Italia para rescatar las canciones emblemáticas de amor y románticas, acude a preguntarle a Shakespeare que “qué le parece el montaje de Lope” y como no contesta este bardo, porque es muy suyo,  decide volverse y nos trae una comedia musical, un disfraz de tragedia, un distraimiento divertidísimo y cargado de ritmo, le echa sal al alimento, porque nos gusta más bien lo salado y no lo soso, y sin golpes en el pecho de mea culpa, nos ofrece una representación jocosa y poética, dulce y con regusto final, en definitiva, una fiesta para los sentidos: bodas, funerales, pendencias, amores en parejas por triplicado, machismo acartonado de aquel entonces, diferencias sociales por disputas, vaya usted saber los motivos, muertes y resurrecciones. Y música, y bailes, y buen teatro concebido como espectáculo total.

Paula Iwasaki, nuestra Julia, que no Julieta; Andreas Muñoz, el Romeo reconvertido en Roselo hacen de la historia una delicia; y toda la Compañía, los del Barco Pirata y los de la CNTC, los músicos que también son actores, los intérpretes que también cantan, el personal de sala, educadísimo y atento, y los espectadores, que estamos ahí porque el atractivo y la disposición a que recuperemos a nuestros “eternos”, que no clásicos, es tan grande que nos mofamos de los que no asistan; ellos se lo pierden, ignorantes.

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