Un instante. Las dos en punto. Las Dos Marías, las dos locas, hacen el paseíllo maquilladas, con las llaves de casa y el paraguas. No hay terapia para ellas. Los soportales se llenan de estudiantes y soldados. Habrá que guiñarles un ojo y lanzar besos al aire. Aunque se rían. Al fin y al cabo, es un instante. Nuestro instante.

Los anteriores fueron de represalia y vejaciones. Era como para volverse locas. Paralizadas y con ropas de muchos colores, con vino Sansón y galletas María. Porque María somos nosotras y tendremos la fuerza de Sansón, pero no en el pelo, sino en nuestro paseo. A las dos en punto de la tarde. No por la noche. No por la mañana. Cuando más gente hay, que sepan que no escondemos nada, y que ni siquiera guardamos rencor, porque nos hemos enajenado y no conocemos el mar, aunque nos lo imaginamos. Queremos salir de esta cárcel de locura, pero no tiene barrotes. No podremos escaparnos. Solo si contenemos la respiración para ahuyentar el hipo.

No hay respuesta a tanto desmán. A esa España oscurantista de “si no estás conmigo, estás contra mí”. Las dos en punto, o Cara de palo, o las dos Marías, que hablan repitiendo, que repiten gestos, que podrían tener alas, pero no vuelan. Caminan. Juntas o una detrás de otra. La gente se ríe al verlas. Y ellas se ríen de las risas, y lloran con lágrimas secas no vaya a ser que se les corra el maquillaje hecho con polvo de galleta.

Esther F. Carrodeguas ha escrito un drama poético y desgarrador, de dos personajes reales que daban color a la alameda santiagueña. Paraguas en ristre, miradas aviesas, habla e insúltame, pero estamos guapas, quieras o no quieras. Muchas veces se pasa desapercibido hasta que alguien habla de ti y da sentido a la historia. Natalia Menéndez, con su sensibilidad extrema, dota al montaje de ternura, humor triste (paradoja), luces y sombras, más sombras que luces, y lucen ellas (las actrices) como fiel reflejo de lo que sucedió en ese instante de años envueltos en una sociedad represora.

Mona Martínez y Carmen Barrantes son Coralia y Maruja Fandiño Ricart, extendidas en el ambiente de una posguerra que duró 40 años y propina, mirando alrededor para oír los gritos de “putas”, “locas”, “solteronas”, y que las actrices engrandecen acercándonoslas con la ternura precisa, con la sutileza de una elegancia barroca, con el fino brillo de estrellas con pintalabios en la boca.

Errantes las dos Marías, a las dos en punto, (o a la hora que sea), saldrán al escenario a dar su paseo por la historia.  

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