Mujer que quiere desplegar sus alas, a pesar de hallarse en una habitación con ventanas a sí misma. Las paredes son de papel cartón, pero es difícil traspasarlas. Falta oxígeno y toda la historia personal se reduce a una maleta, a un pequeño mueble y a un barreño agujereado por donde se escapa la memoria.

Naciste con la fuerza del volcán y querías aprender las palabras que te hicieran libre. El rol asignado te impedía echarte la siesta y estabas abocada a servir a los señoritos. La historia personal siempre llena de zancadillas. Pero tú tenías tus vestidos de volantes, tus dichas y desdichas en los sueños que fuiste forjando y en aquellas alas que nunca llegaste a probar si volaban. Estabas a ras de cuneta, embriagándote del color morado de los cardos, aunque estos tuvieran mil espinas. “Cardos y penas llevo por corona”, caídas y tropezones que superaste con la dignidad de quien sabe cuál es el puesto al que pertenece.

Desde el útero te asignaron ese puesto que, quizás, no fuera el tuyo, siempre agazapada en las sombras y en los sueños,  mujer que obsequiaba al presente. Cada letra de tu nombre es una palabra, un verso, una oración (pero no una plegaria), una canción desgarrada cantada por Carmen Linares.

Eres Mariana/Inma González, y llevas la inmensidad de las lágrimas y las sonrisas a tu espalda y en tu desnudez de alcoba nada íntima. La propuesta, que parte de ti misma y en la que te acompaña Sandra Jiménez, es para Trajín Teatro un reto de melodía vibrante, de momentos imperfectos, de El grito del cardo, que cuando se seque, germinará con sus semillas de nuevo en el camino para incomodar con sus desvelos.

Es audaz esta propuesta. Es la historia de la España oculta, la de los santos inocentes, la del trabajo demoledor que no obtiene recompensa, la del sembrado que pisa el señorito o el vestido hecho a mano que deshace la gobernanta o el dedo pasando por la cómoda de la madama para determinar el grado de polvo que no se ha limpiado.

Trabajo descomunal el de esta actriz mujer alondra, con su voz chirriante, con su reclamo agudo, su poética inclemente, su ala rota, su tiempo ya sin tiempo.

Al final hallará su libertad, precisamente cuando no le abran la jaula, cuando se purifica con sus silencios, su soledad, sus palabras musitadas, su aliento entrecortado por el aerosol, cuando se deshace de sus pertenencias que ni siquiera eran suyas, y ya no olerá a muerte ni a muerto, porque ya no se sienta a esperar que cambie todo, sino que es ella la que cambia su destino.

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