Recuerdo a La Tartana desde los años 80, cuando estrenaron su primer espectáculo “Polichinela”.  Recuerdo su “Pasacalles 80”, su “Flauta mágica”, su inmenso “Frankestein”, sus “Historias de derribo”, sus “Monstruos en la maleta”, y tantos otros, espectáculos de marionetas que se iniciaron como referencia con Bread and Puppet Theatre y que tenían una actitud crítica y donde los muñecos cobraban alma, respiración, vida.

Recuerdo las inclemencias de la sociedad en la que vivíamos, con la incertidumbre de si entrábamos realmente en una democracia o había que seguir teniendo temores ante las represalias y la falta de libertad de expresión. (Hasta hace poco esto así sucedía y sigue).

Recuerdo el nombre de todos y las compañías, y los teatros, y los espectáculos que apostaban por la libertad y la búsqueda de nuevas formas de expresión. Y a Juan Muñoz y a Inés Maroto apostando por unos espectáculos de calidad, aunque trabajaran con títeres, por ser pioneros en ensalzar el espectáculo que no solo fueran guiñoles de guante, personajes de cachiporra, cristobitas de garrote, personajes de varilla y que pusieran calidad, con proyecciones, zancos, efectos sonoros y musicales pero, sobre todo, sentimientos, historias con esperanza y emoción, pasionales, de fuego, de sorprendentes personajes casi humanos, de vida en mecanismos articulados.

Recuerdo el silencio que se genera cuando representan Recuerda, regresando a su historia, a los orígenes de su aliento, a la calidez y calidad de sus montajes.

Recuerdo sus luces y sus sombras, sus maletas abiertas donde guardan a sus criaturas, su todo partiendo de la nada, de un trozo de madera, de una tela, de una simple mesa de trabajo de artesano.

Recuerdo la desnudez del ayer del muñeco y la insolencia de la actual presencia de hoy donde quien pervive es la marioneta, y el artífice se queda solo en las sombras.

Recuerdo los cuentos de Collodi, el retablo de Maese Pedro, a Francisco Porras, a la Tía Norica, a Magda Donato y a Salvador Bartolozzi, a Valle Inclán y su Tablado de Marionetas, a Lorca, al Retablo de Fantoches, a mi muñeco Prasky que traje de la República Checa…

Recuerdo tantas cosas, que se me olvida que he estado viendo un espectáculo poético y sensible, cargado de cariño y de sensibilidad, de afectividad y de armonía, de humanidad y música, de aproximación al corazón, de resistencia y personajes vivos, aunque estos sean muñecos, pero respiran, sienten, sufren y aman, porque Juan Muñoz quiere darles da vida. 

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