No. Porque de nada sirve quejarse, pero hay que luchar por ello.

No. Porque no han servido de nada los juicios, no fueron esclarecedores, porque, 18 años después, seguimos en el mismo misterio.

No. Porque no me lo creo. Y no me sirven esas explicaciones, porque seguimos intentando justificar los errores, porque sigue habiendo coerción de prensa, de ideas, de información transparente y real.

No. Porque José Couso Permuy no se merece este final abierto, este proyectil perdido, esta voz cercenada porque no interesa saber ciertas cosas. Este error no reconocido.

No, porque hay que seguir pidiendo auxilio, y hoy se pasa y se pasan los años, y se pretende olvidar, y se pretende silenciar lo que ha sucedido.

No con todas mis fuerzas.

No a la guerra, no a las muertes, no al visto gordo mediático y judicializado. No al desdoro.

Vuelta de tuerca, la compañía que dirige Juanma Romero Gárriz, asume una guerra interna, la este monólogo sin comienzo. Un propósito ciego. El de rascar lo más duro de una situación  que no solo resulta incómoda, sino también llena de secretos.

No hay que detenerse, hay que esclarecer lo que sucedió en su momento.

Marta Alonso nos va marcando el territorio. Las dudas, lo nimio y lo valioso. Y la acompaña una música de oído. De viento que no cesa, de cámara oculta, de silencios compartidos. Música y sonidos de Beatriz Vaca (Narcoléptica) entrecruzada con El fuego amigo.

Nadie debería morir en guerras que no son suyas. Pero, ¿de quién es una guerra?

Nadie debiera olvidarse de los errores cometidos y de la sangre derramada sin sentido. No fue un acto de guerra, fue un acto sin escrúpulos.

La cámara no debiera seguir grabando cuando su dueño está hecho añicos.

No existe el fuego amigo.

Duelo de bala, “tanto penar para morirse uno”.

El fuego amigo

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