Planteamiento: Es una época de guerra. Hay que subsistir con el mercado negro, con la imaginación para trapichear con la mercancía, incluso ofreciendo café de buena calidad a la comunidad de vecinos, que de esa manera encuentran la excusa para cotillear, para sobornar, para mostrarse sociales, para susurrar a voz en grito quién es de un bando y quién es de otro, para ahogar las penas de forma comunitaria. Si es necesario, habrá que hacerse el muerto para poder mantenerse vivos.

Ya Eduardo de Filippo hace alarde de un humor áspero y naturalista, rosario de penas que con humor no dejan de ser penas, pero se llevan mejor, piedad por los personajes tremendamente humanos, marco de miseria disimulado.

Nudo: La guerra está en pleno apogeo. El cabeza de familia desaparece y todo, aparentemente, sigue igual para cambiar muchas cosas de necesidad de supervivencia y aires contritos. Con la guerra se benefician algunos y otros lo pierden todo. Algunos subsisten con imaginación y otros desean lo del prójimo. Algunos están cansados y otros se fortifican contra peligros. El director, Antonio Simón, nos hace querer a todos los personajes sin prejuicios. Son, como hemos dicho antes, cercanos, humanos, nuestros, comprendidos. De todo se sale si somos capaces de no ir a la deriva hundidos en la niebla del pesimismo.

Desenlace: El personaje paterno vuelve, se encuentra desventuras cotidianas, sencillas, costumbristas, y a pesar de su destroce personal ve armaduras por todos los sitios. Tiene que hacer caer la coraza que circunda a su familia. Se muestra como guardián celoso, quiere inundar de calma su espíritu, no puede ser tan sencillo lo que se ha ganado con tanto laberinto, la guerra no ha terminado. Puede que sí los bombardeos, pero está todo destrozado alrededor suyo. Sin alterarse deberá volver al principio. Roberto Enríquez asume un personaje perfectamente templado a pesar de su resquebrajamiento sencillo. Y el resto del elenco es sincero y auténtico en su interpretación, Raúl Prieto, Rocío Calvo, Lourdes García, Elisabeth Gelabert, Dafnis Balduz,… todos en pie de guerra interpretativo, presentando su mejor batalla, la de la credibilidad, la de la sensibilidad, el valor de cada uno de ellos mismos.

¡Nápoles millonaria! es un texto nada recóndito, con una construcción de personajes sin disimulos ni falseados, con una estructura excelentemente constituida, y un lenguaje perfectamente consustancial con lo que viven los personajes, en una traducción y adaptación de Juan Asperilla que nos mantiene persuadidos durante todo el montaje de singular teatro exquisito.

Napoles Millonaria
Napoles Millonaria

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