Dicen que, desde aquellos tiempos, ya ha llovido mucho. Pero yo creo que no lo suficiente. Tenemos todavía impregnados en nuestros recuerdos (contados o vividos) a aquellos españoles que emigraron, que tenían que subsistir como Dios daba a entender, que desde la más tierna infancia los metieron en seminarios (o en el ejército de chusqueros), que se reunían en los bares de los que eran un poco más emprendedores o arriesgados y abrían negocio a pesar de penurias, de desconocimiento del idioma, de alejamiento de la familia, de represión política.

Pero, ¿qué pasa si no se acepta lo que viene marcado por la tendencia lógica de “esto es lo que hay y no hay otra”? Que seguirá lloviendo, pero en forma de lágrimas, soledad, sinsabores, incomprensión, lucha interna, intentando sobresalir de aquello para lo que estaban, supuestamente, destinados.

En aquella España rancia de silencio y ocultación, de represión disfrazada de permisividad, de arcones cerrados y de cirios e incienso ardiendo, cuando los españoles huían buscando un destino distinto (y si podía ser mejor, mejor que mejor), se juntaban (como ahora) en los bares. Y se contaban historias a cada cual más desgraciada, y se reían, a pesar de todo, y se enamoraban, y aprendían el idioma, e intentaban normalizar una situación que era más de lamentos que de congratulaciones. ¡Horror que un cura quisiera salirse de la orden para casarse y tener hijos! ¡Terrible que el hijo del abogado, del médico, del arquitecto, no quisiera seguir los pasos de su progenitor! ¡Escándalo que una mujer pudiera quedarse embarazada sin casarse! ¡Plegarias a Dios si los sotanas quisieran emparejarse! Pero, eso sí, tapar las vergüenzas de las caricias que hacían daño, aguantar el castigo divino (pero principalmente humano) de una violación, confesarse y encomendarse a una injusticia que si no comulgaba con los intereses generalizados de autoridades y directrices, había de ser condenada.

El bar que se tragó a todos los españoles
El bar que se tragó a todos los españoles

Sí, los españoles, con ese humor tan pícaro por la necesidad, tan propio de la idiosincrasia ibérica, tan necesitado de comprensión, se metían en esos bares para echarse la mano por los hombros, para consolarse en sus sueños, para que la sombra y el frío fueran compartidos. El bar que se tragó a todos los españoles. El bar del anisete y el sol y sombra, el de la tortilla de patatas, el de las voces clandestinas porque no sabemos quién puede estar escuchando, el de la vacilación por no saber qué hacer y el bar en donde siempre se encuentra a un amigo dispuesto a echarnos una mano.

Alfredo Sanzol, partiendo de su propia experiencia familiar, de su propia experiencia teatral, de su propio sentir poético, de su imaginación basada en hechos sucedidos y en cuentos contados en la barra del bar, nos trae una gran producción. Una quedada en el bar para ver y escuchar lo que ha sucedido no hace tanto tiempo, porque aún no ha llovido lo suficiente. Y teníamos que saberlo, teníamos que conocerlo aunque los más mayores ya lo supiéramos, era necesario hacérnoslo ver, oír, sentir, sufrirlo, llorarlo, reírlo, brindarlo.

Buenísimo trabajo de puesta en escena con un bar fragmentado en vicisitudes, con parroquianos grandísimos como actores, doblando personajes y haciéndonos creer que en ese bar están todos los españoles porque se los tragó las ganas de cambiar de vida y mejorar. Aunque algunos lo consiguieron y otros no, la dispensa alcanzó a algunos, menos lo fue el privilegio de tener que vivirlo.

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