Pintan a la muerte con túnica negra, capuchón inmenso, manos huesudas, guadaña. Pero no hay una iconografía explícita ni determinante. En Galicia, por ejemplo, podría ser blanca. Podría ser polvo. Podría ser oscura, eso sí, pero de la nocturnidad con que la transportan, como la hacen llegar, como nos la fueron colando con el beneplácito de quien no quería ver nada. Podría ser Fariña (harina) y, desde luego, no andaba perdida en la playa, sino que iban a buscarla para engrosarse los bolsillos y, además, restregarlo por la cara de los vecinos que, simplemente, alucinaban.

De la exitosa novela de Nacho Carretero, en la que José L. Prieto hace la adaptación y Tito Asorey la dirige. Un espectáculo en todo el significado de la palabra: actualidad, musical, comedia, mucho humor, drama, el público implicado, periodismo, deleite, asombro, ritmo, reality show, teatro de texto, cine, imágenes, y realidad. Realidad de un mundo miserable, de un negocio que juega con la salud de las personas, de una amargura que asoma y se retuerce de dolor.

Fariña

¿Qué le puedo dar? Cantaba Víctor Manuel. Uno de los personajes dice en un momento, buscábamos preguntas  y las respuestas que encontrábamos eran de dolor.

Y la grandeza de este montaje es que, aunque la muerte no se esconde, y el silencio llora, hay risas, hay alegría, hay decenas de personajes que reflejan un panorama que se permitió durante demasiados años, que cercenó una sociedad que veían demasiado cerca a la muerte blanca.

Todo el elenco interpreta esa variedad de personajes, versátiles, trepidantes, Cris Iglesias, Marcos Pereiro, María Vázquez, Sergio Zearreta, Xosé A. Touriñán y Víctor Duplá, entrando y saliendo, haciendo teatro y música por los cuatro costados, nos traen sabor a Galicia, un camino distinto al de Santiago, una risa dolida, una risa por no llorar, un llanto de hilaridad, una bulla de la historia reciente, con el permiso de la autoridad competente y la mirada en la niebla de los supuestos protectores.

No soy gallego, pero es mi Galicia. Como no soy andaluz, y me duele lo que pasa en La Línea, como no soy catalán, ni astur, ni vasco, y temo por los ingenuos adolescentes de estas zonas, de todas regiones, que se dejan llevar por querer flotar en el tiempo, por creer que pueden cambiar algo empezando por sí mismos sin ser conscientes de que su cuerpo es lo primero que se corrompe. Luego están los estraperlos, los contrabandos, los narcotráficos, que rebotan ilógicamente en un enriquecimiento de ellos contra una impotente familia que se desangra en una muerte blanca.

Sí, el tema es farragoso y, sin embargo, qué bien traído teatralmente al escenario, qué manera tan fluida y divertida de contar unos hechos penosos y que debieran estar penados, por los siglos de los siglos, y hasta que la cárcel los engulla.

Fariña, el nuevo nombre de la muerte blanca.

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