Se clausuró La casa de Bernarda Alba por ocho años de luto. Ocho largos años con la ausencia ya irreparable de Adela. Con la desaparición posterior de Martirio comida por los remordimientos. Casa tapiada. Casa oscura donde el viento tiene que pedir permiso para entrar. Bernarda no permite pasar a cualquiera. Y ahí está Poncia, bregando con ella. La entiende, la defiende, aunque no comparta sus criterios. El pasado quedó estancado en una ciénaga de lágrimas. Bernarda no. Bernarda no lloró nunca. Por fuera. Aunque los recuerdos la atenazan, aunque sufre como cualquiera. Pero se forjó con la dureza del padre, sabe que los sentimientos son solo una fachada. Solo los muros de aquella casa conocen lo que ocurre dentro.

Y dentro hay dos mujeres. Que se soportan, que se necesitan, que requieren de las palabras y de la vuelta al pasado, porque el futuro solo es la muerte que aguarda. Muchas charlas y muchos silencios. Las hijas ya no están, era imposible mantener la prisión cerrada. Solo queda esperar el canto de Adela en las hojas de los árboles, la luz de la parca cuando venga a buscarlas. Las almas están gastadas. Demasiados recuerdos, toda una vida juntas, como hermanas.

Pilar Ávila escribe un texto impregnado de Lorca. Un texto de crudeza poética, de referencias constantes, de rincones con la voz de los personajes, con sus lamentos, con la presencia en la ausencia, con el luto en la mirada.

Así debió ser, y no de otra manera. Las dos actrices, la propia Pilar Ávila y Pilar Civera se han imbuido del espíritu de los personajes. Han calado más allá de las palabras que se decían en el primigenio drama. Se han acomodado, pero entre ellas. Son extremos opuestos y, sin embargo, algo las acerca. La sangre, los hechos pasados, la tierra inhóspita en la que se hallan. Callar y decirse las verdades, necesidad de nubes en el cielo, arraigadas como árboles a un suelo que son ellas mismas. Corazón y razón, solo la proximidad del final puede hacer que el pensamiento torne en sentimiento, y dejen de visitarnos los miedos agazapados como fantasmas.

Manuel Galiana dirige esta obra de texto impecable, Bernarda y Poncia (Silencio, nadie diga nada), a dos grandísimas actrices que se complementan y nos dan toda su sensibilidad a paletadas de emoción, en un rincón de ruralidad de ruiseñor, de tierra seca y distanciada.

Desventuradas en las sombras, ellas generan su propia luz y hacen suyo un mundo en ruinas, a base de espinas, de monotonía y repetición, para llegar a pedir que, por fin, cuando ya no hay vuelta atrás, se deje el balcón abierto y las niñas puedan comer naranjas.

En el Teatro de La Encina, todos las noches de los jueves, porque “toda la luz del mundo cabe dentro de un ojo”, la luz de esta gran obra.

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