¿Quién nos salva? ¿Quién nos condena? Atocha: el revés de la luz, es la puesta en escena de la brutal falta de sentido, falta de libertad, falta de coherencia, falta de tolerancia, de unos hechos que marcaron a sangre los inicios de la democracia.

44 años de distancia, y aún hoy se conceden permisos a algún asesino de tan deleznable acto.

¿Por qué tanto odio? Tiene explicación. Veían perder sus prebendas de poder y absolutismo, creían que se les acabaría su manejo de las acciones y las ideas. Pero no era justificable. Se empezaba a vivir en libertad y eso tenían que negarlo. Irracionales, canallas, energúmenos.

¿Quién nos salva? ¿Cómo se le puede dar la vuelta a la luz y convertir la existencia en un fundido en negro? ¿En un infierno de horror y en un atroz y vil acto de cobardía, ruindad e infamia?

Javier Durán Pérez como autor y director del texto se adentra en este luctuoso hecho. El de la matanza de los abogados laboralistas de la calle Atocha. Pone en voz de uno de los sobrevivientes, Alejandro Ruiz-Huerta la difícil empresa de recordarlo. Y de contárnoslo. Para que no se olvide nunca. Para que lo tengamos presente, para que la luz se vuelva del revés y podamos ver también dentro de la fosa de las víctimas. Para que, si es posible, no volvamos a los tiempos de regresión y represión, de fanatismo, de terquedad, de severidad, de miedo y de dictadura.

Ya hemos tenido bastantes lápidas frías y demasiadas lágrimas vertidas. No hagamos el cortejo a los extremismos. Es hora de rememorar para que no se repita.

Nacho Laseca, Fátima Baeza, Alfredo Noval, Frantxa Arraiza, Luis Heras representan a los diferentes personajes protagonistas y subyacentes de la historia. Lola González, Manuela Carmena (cofundadora del despacho de abogados laboralistas de Atocha, ex jueza y ex alcaldesa de Madrid), Cristina Almeida  (una de las abogadas de la acusación en el juicio, presente en el estreno y visiblemente emocionada), Miguel Sarabia, Luis Javier Benavides, Javier Sauquillo… entre otros.

Los funestos tiempos de los grises a caballo que por el simple hecho de ver un grupo reunido ya te hacían sospechoso. Los aciagos tiempos de represión incluso con el dictador ya fallecido. Los infaustos tiempos de clandestinidad y azarosas pesadillas de sumisión, sometimiento y vejación. Por fin, parecía llegar la hora de la libertad y la vida, hecho intolerable para los seguidores del franquismo.

“Habrá un día en que todos al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad”, cantaba Labordeta. Aún hay mucho que hacer, mucho que pelear, mucho por lo que chillar. Es esta obra necesaria para que no se repitan los recuerdos frente a un espejo deteriorado, y no vuelvan estos atentados a la libertad.

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