Papá, cuéntame un cuento. Mamá, ¿cómo se llamaba el cuento de anoche? Tía, ¿me cuentas otro cuento? Abuelo, ¿me cuentas otra vez El gato con botas? Esto no parece tener fin. Tus historias son mi refugio, mi fantasía, mi encuentro con la niñez, la alegría.

En un cuento hay siempre una mirada de amor. Una palabra de ternura, una luz en mi vida. El alma se ensancha, el mundo gira, el tiempo se para, los protagonistas imaginarios respiran.

Compañía Sin Fin cuida todo esto. Mima a los espectadores infantiles y los mece en su regazo, con su voz de teatro y sus disfraces de titiriteros, los acuna, los aconseja, los lleva a navegar por las historias de toda la vida y las que podrían ser para que no sean siempre el padre, la madre, el abuelo, la tía, el abuelo, los que cuenten cuentos, sino para que los niños se rían, disfruten, aprendan a sentir que la vida, aunque no es sencilla, también nos acaricia.

Los piratas, Los Ratonautas, Las aventuras de Mandarina y Serafina,… y ahora El gato con botas. Una historia sin fin, porque cada uno la cuenta como quiere, que para eso es popular y de todos.

El gato con botas

Charles Perrault lo recopila en 1695 y, desde entonces, con sus botas de gato importante hace las delicias de todo aquel que se acerca a su trama. El molinero, la herencia, un gato, ¿un gato?, ¿qué hago yo con un gato? Pero los gatos, con botas o sin ellas, hacen “compañía sin fin”, y se convierten en imprescindibles, en la alegría del amo y no en la de la mascota, en la astucia sigilosa, en la supervivencia de quien tiene siete vidas, en el ingenio para dejar de dormir en la alfombra y hacerlo en el sofá o en la alcoba.

Con gran alarde, palabra en desuso y que por eso me gusta, de imaginación y simpatía, Rosi Tejera y Manuel Maté “Pacheco”, junto con Germán Vigara, nos traen su versión, por otra parte bastante fiel al argumento inicial, pero con referencias actuales, con gran sentido del humor, con ritmo y eficacia, con canciones y sorpresas, con permanente alegría y con sencillez no exenta de una gran profesionalidad.

Figurines y paneles funcionales y sobrios, pero atrayentes, implicación del pequeño espectador, simpatía a raudales, incluso en el ogro ventoso, cercanía y humor. Todo coordinado por Paca López y Alaitz Cabriada, hacen de este cuento clásico que no sea el clásico cuento, ni se busque moralizar ni dirigir, sino la creatividad y la soltura a la hora de desenvolverse en situaciones que parecían abocadas a ser frustradas.

Por eso la función debe continuar, aunque sea la regidora la que tenga que actuar.

El gato con botas

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