Si asusta lo que puede sucederte, asusta más creerte que te puede suceder. Si pasamos la vida pensando en nuestros males, la otra media es para curarlos y hacerles frente. Si la incertidumbre es la muerte, más incierto es saber cómo llegar a ella y si los de alrededor nos quieren.

La hipocondría es un mal muy presente en nuestros días. A veces con razón, como en estos tiempos que nos toca vivir de pandemia y precauciones, otras simplemente porque es una manera de que nos hagan caso, de creer que tenemos suficientes recursos y mentalidad para pensar que hemos superado ciertos reveses, o solo porque el pesimismo es nuestra forma de ser comúnmente.

Molière, considerado el gran comediógrafo francés del siglo XVII, venerado y justamente bien valorado, en 1673 estrena, escribiendo e interpretando, El enfermo imaginario, cuando ya está tocado por la tuberculosis, y aún así no se arredra y arremete, no exactamente contra los médicos, creo yo, sino contra cualquier profesión de petulantes y fatuos, en las que se pueden incluir todos aquellos oficios que, de forma engreída, creen que su quehacer es para mentes privilegiadas, vanidosas y arrogantes. En la cuarta representación enfermó realmente, y ya no pudo sobrevivir al envite de tan luctuoso trance como el de la muerte.

Josep María Flotats, que lo conoce bien, lo trata con sumo respeto y le saca todo el jugo de su humor, toda la ironía latente, todo el placer de servir a un personaje y a un argumento, donde también nos habla de codicia, de engaños ajenos y propios, de amor, de arte, de falsa cultura y eruditismo, de enfermedades y de salud, de ciencia y de caracteres.

Con todo un arsenal interpretativo nos deleita Anabel Alonso, burla burlando, lanzando diatribas y siguiendo el juego a su señor Argan, para que los que presenciamos la función en el patio de butacas, aun con las mascarillas puestas, nos olvidemos de enfermedades, de contagios, de infecciones que, como dice su personaje, revierten siempre, en el pulmón. En el pulmón y en los corazones que sentimos cuando nos embarga la satisfacción de asistir a esta producción impecable de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Todos están que se encumbran en sus personajes. Explosionan en un juego de interpretación que nos relaja, nos entretiene, nos llena de creencia en el teatro y en la necesidad de asistir para que disfrutemos, reflexionemos y nos olvidemos, así en la tierra como en el escenario nuestro de cada golpe de realidad que nos transporte a un final de comedia del arte, de baile y jocosidad, de buen hacer para olvidarnos de que podemos caer en la histeria y, por fin, salir incólumes de accidentes hipocondríacos.

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