Caperucita estaba buscando a los técnicos del teatro Tribueñe, tirada en el suelo, en el teatro oscuro lleno de trajes vacíos. Tengo heridas en el pecho que no sé qué me las ha producido. Quiero entrar en el cielo, aún tengo esperanzas, y voluntad y existo aunque se me aparezcan santos y ángeles que no sé si son de luz, pero lo iluminan todo y encienden mi interior.

Caperucita se ha perdido y parece un Quijote buscando, no el camino de regreso, sino el de ida, aunque tenga que bregar con demonios, santos, ángeles o san Pedro. Le piden cuentas, pero ella no quiere olvidar el pasado. Puede parecer asustada, y baila sobre sus dedos de puntillas, para recuperar la confianza.

Confieso que no conocía esta Balada de Caperucita de Federico García Lorca que escribe con 20 años, y deja inconclusa, quizás porque luchaba por salvar otros escritos. Lorca comienza a vivir en estado convulso de creación y no tiene tiempo para todo.

Irina Kouberskaya, que está atenta a la escondida literatura de nuestros mejores poetas y dramaturgos nos lo rescata en el escenario en un poema visual de viento y luces. Y en el montaje pone música, (no deja de ser una “balada”), pone la magia del teatro, pone la inocencia de los cuentos tradicionales que también pueden ser terriblemente crueles, pone la iconografía religiosa y hagiográfica tan intrínseca de este nuestro país ibérico, y pone su arte escénico al servicio de un espectáculo siempre lleno de poesía, de elegancia, de ritmo pausado, de elipsis, de repeticiones, de melancolía y de palabras entresacadas del silencio.

Caperucita no ceja en su empeño. No se evade y lo intenta de nuevo. Quiere llegar a los cielos, atravesar el bosque, conocerse mejor, alzar el vuelo.

Manuela Donaire lleva la luz y el vestido rojo, lleva el corazón en la mano y, sin rezar, alcanza el cielo. Miguel Pérez-Muñoz es el ángel que huye de los demonios, san Francisco integrado en su entorno, que hace lo que le dicen, que acepta el juego. Y Ana Moreno, el espíritu del bosque, que son todos los duendes, que son todas las flores, que son todos los vestidos, que son todas las auroras sin noches, que es la virgen que entrega el corazón para esparcirlo en un laberinto de sentimientos.

Drama poético o poema simbólico, parábola, teatro plástico, de movimiento y de imágenes, sugestivo y creador, existencial y necesario.

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