Se me ha aparecido la figura de Humphrey Bogart. Y la de Woody Allen. Y la de Diane Keaton. No importa que no se parezcan físicamente. En los sueños, sabemos quiénes son los personajes que se nos aparecen aunque no les veamos nítidamente la cara. En los sueños también hay incoherencias y saltos en el marco narrativo, y no le damos importancia. O sí, pero se nos olvida. Y si esos sueños son los Sueños de un seductor, sin querer serlo, repleto de dudas, de inseguridades, de miedo a la soledad, de baja autoestima, acabamos diciendo que los “sueños, sueños son”. Pero entonces, el sueño se convierte en un buenísimo guion lleno de guiños al cine, a la comedia de carácter, a la comedia de figurón, al enredo teatral, a las comedias urbanas de Lope de Vega, a la realidad personal de cada uno cuando nos imaginamos (o somos) protagonistas de hechos que solo recordamos en las películas. Todos quisiéramos tener ese amigo sardónico que nos dice al final de la historia, “presiento que este es el inicio de una gran amistad”, o “siempre nos quedará París”, o “play it again, Sam”.

Pues resulta que en la sala off del teatro Lara, la Lola Membrives, se representa una versión de la obra teatral de 1969 de un joven Woody Allen, puesta en escena por Juan José de Arteche y Ramón Paso, y que también dirige este último, que es muy ágil, divertidísima, bien planteada, estructurada e interpretada por la compañía PasoAzorín, con César Camino como seductor impenitente, arrollador, seguro, atractivo, cautivador, pero todo lo contrario. Es decir, nos muestra un personaje entrañable, tiernamente humano, agradabilísimo, simpático. Desde luego es fascinante y persuasivo, y enamoradizo, por eso no le queda más remedio que seducir a la mujer de su mejor amigo, en escena Ana Azorín, aunque él no quiera, pero es que es tan majo…

Sueños de un seductor

En un esfuerzo de personajes, doblan y triplican también Carlos Seguí, Inés Kerzán y Ángela Peirat, que imprimen ritmo, frescura, jovialidad,… haciendo que la comedia se vea con una amplia sonrisa, agazapada tras las mascarillas. Pero también se oyen risas no enlatadas, afortunadamente, hasta carcajadas, que hacen que parezca que estar en el teatro es estar en un sueño, placentero, divertido, casi real, aunque los personajes icónicos que tenemos en nuestra memoria de la cinematografía no se parezcan físicamente.

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