La poesía también es espectáculo. Y viaja lejos sin moverse del sitio. Es memoria y aire. Respiración y latido.

En estos tiempos convulsos de pandemias y miedos, donde vivir es peligroso y, al mismo tiempo, un triunfo, la poesía se convierte en la realidad de un sueño. Se transforma en personas que recitan, en música que se ejecuta, en canciones que se cantan, en espectadores que aplauden, en butacas de un teatro separadas por medidas de seguridad de distanciamiento, y eso, nos junta, nos acerca, nos aúna.

Que quisiéramos abrazarnos, sí, es cierto. Pero nos abrazan las palabras. Que quisiéramos darnos un beso fraterno, sí, pero nos versamos en el universo de la poesía cantada, recitada, leída, escuchada, sentida.

Fruto sin árbol. El árbol es un atril, las hojas son libros. El viento pausado un violín, la lluvia suave una canción, el llanto, corazón malherido por cinco espadas, una guitarra como ya dijo Federico.

Cuatro poetas y dos músicos. Eran seis poetas, o siete, o infinitos, tres músicos, que se han transformado en todos los espectadores que han asistido, en todas las voces que proclaman y reclaman que sin poesía esto sería más frío.

Por segundo año consecutivo, Tarambana Escribana toma el escenario. Precavidos. Enmascarillados. Pero no menos libres, no menos emocionados, no menos ilusionados.

Miguel Dantart abre con la Ciudad de los poetas y nos describe Madrid vacío. Esa que paseamos ahora mismo. Pepe Labad, poeta de barrio, poeta en sí mismo. Brunhilde Román, un mito poético en sus versos. La poesía en canción, en violín, en teatro, Manu Clavijo. Anita Wonham, rimas y venenos, sola en ti, ella en todos, la ilusión y la pasión desbordándose más allá del río, hasta las venas, hasta el camino. Y María del Carmen Aranda, lanzando su grito desde la entrañas en la voz de otros; Alfredo Sánchez, contándonos lo que es venir a la vida, Bárbara Armstrong, haciendo piruetas con el alfaverso en un magnífico recorrido. Sergio Torres lanzando desde México su ritmo. Y Alberto Morate poniendo su entusiasmo para que el verso sea cariño, romance, suspiro, regreso, aunque nunca se haya ido.

Luego otros, recitando versos unidos, todos cantando, buñuelos de viento, huesos de santo, verso a verso, se hace camino al andar y no solo son estelas en la mar, que queda arraigado en la sangre el suspiro de sentirnos.

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