Para hacerlo tan mal, hay que hacerlo muy bien. Aunque se caigan los decorados, aunque se pierda el perrito, aunque no se sepa el guion y se acentúen mal las palabras. Aunque los muertos revivan, aunque las puertas que no se abren se abran, y viceversa, aunque estemos separados por una butaca en medio y usemos mascarillas. Aunque los actores y actrices, que son buenísimos, representen que son aficionados y malos intérpretes, aunque las risas no sean enlatadas y nos riamos a mandíbula batiente, (que no sé lo que es eso y ya lo dije en la anterior reseña, pero sigue sin haber nadie que me lo explique). Aunque el misterio sea evidente, aunque el whisky sea veneno, aunque los espectadores no llevemos martillos de repuesto. Aunque la tarima no sea flotante sino cayente, aunque suene José Luis Perales a pesar de haberse perdido, aunque se caiga hasta la L de Mal. Aunque la función sea disfunción, pero no defunción, aunque los tramoyistas se tramoyen, aunque el director no dirija, aunque algunos estén con el maldito móvil en el patio de butacas, aunque las risas estén desacompasadas, pero no dejen de oírse siempre.

La función que sale mal, la función que entra bien, la función que es un derroche de humor persistente. La función que, aunque la veas dos veces, no se repite porque en cada sesión es diferente. La función que se ríe de sí misma, la función que no funciona, la función que funciona a la perfección, aunque todo sea un desastre. La función que encuentras, que no debes perderte.

Aunque los muertos sean vivientes, aunque los asesinos no sean en serie ni serios ni sirios ni de Soria, pero serán asesinos igualmente. Aunque sea teatro dentro del teatro dentro de una obra que no es teatro, pero sea una maravilla teatralmente. Aunque los actores no sean ingleses, aunque la compañía no se acompañen mutuamente, aunque el argumento no se argumente, aunque el piso de arriba se caiga, aunque el cuadro se caiga, aunque la puerta se caiga, aunque el reloj no dé bien la hora, aunque nieven papeles, aunque se caiga de la risa la gente.

No les aconsejo que vayan a ver esta obra en desconstrucción, sino que vayan a disfrutarla plenamente, desde que todo está en pie y parece mantenerse. Cuando salgan verán que no ha merecido la pena, sino la alegría, las risas, el buen momento de pasar una tarde desastrosa de lo bien hecha que está, como cuando te dicen pasa un buen día y pasas un día extraordinariamente diferente.

En el Teatro Rialto, ría alto, no se corte, eso les motiva, les pone, les saldrá peor aún y…

Eso es lo que quieren.  

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