En mi pecho siento el golpear del corazón. Voy a asistir al espectáculo de Rafael Álvarez, El Brujo, sobre El alma de Valle Inclán. Atenderé a los silencios del actor, que es todo palabra. Pero no, también es esencia, es anhelo, es estudio, es misticismo, es el viento de la voz, de su voz modulada y de sus gestos, de la fantasía de los personajes de los que habla, y de sus textos, del aura que envuelve cada uno de sus monólogos. Trasladándonos de aquellos tiempos a estos momentos, volviendo y regresando sin habernos ido, con una sonrisa tras la mascarilla, pero las risas sí se oyen, y la emoción se siente, y nos produce un dulce sosiego estar sentados en el patio de butacas escuchando y viendo a este gran intérprete de sentimientos.

El Brujo nos introduce en un personaje único, peculiar, inmenso: Ramón del Valle Inclán. Y él, que no es menos pequeño, nos ilumina con su imagen, con el encuentro que él ha hecho, no tanto de su vida, (eso está en wikipedia), sino de su alma, de su interior, de sus adentros. Pero, sobre todo, de sus textos. Concretamente de Divinas palabras, de las acotaciones, de unos personajes que prescinden de lo superfluo y van al átomo del lenguaje, al diálogo desgarrador y directo. La poesía de Valle Inclán está en el dibujo de las sombras, en el reflejo de los espejos cóncavos y convexos, en el Esperpento de los aquelarres de Goya, en las salpicaduras de saliva y lujuria de El Bosco, en las formas distorsionadas de Dalí y sus sueños.

Valle siente atracción por la luna, y por el sonido de las campanas, y por el olor a incienso. Rafael Álvarez, el Brujo, intuye y sabe todo esto. Lo estudia, pero no memoriza, lo hace parte suya, lo acoge en su seno. Y como es hombre de nuestro tiempo, en hilarante comparación, no nos deja evadirnos de lo que está ocurriendo.   

Se hace acompañar, como siempre, de Javier Alejano, que es la banda sonora de sus pasos, y seis sillas, que son toda una escenografía resumida en cuatro trazos, y unas “luces de bohemia” que no enciende porque la luz está en su presencia, toda vestida de blanco.

El alma de Valle Inclán nos ha entrado por este escenario lleno de presencias, la del cómico que nos ofrece su abrazo y que nosotros aceptamos de buen grado y la del dramaturgo gallego nunca suficientemente valorado.

Así se puede volver al teatro, aunque sea con mil cuidados.

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