Volver a Cádiz sería volver a tiempos que ya no pueden revivirse nunca más. Es verdad, que ciertas fechas, lugares, viajes, encuentros,… marcaron una forma de ser y de afrontar la perspectiva de la vida. Pero querer regresar a ese pasado después de los años transcurridos, nunca sería lo mismo. Porque nosotros, ellos, tampoco somos los mismos. En el devenir de los años hemos ido forjando nuestras ideas y nuestros principios, nuestra forma de ser, nuestras relaciones, y puede que veamos las cosas de la misma manera, pero no actuaremos del mismo modo.

Cádiz supone solo una vieja fotografía. Aquello ahora resulta idílico, antes, utópico. Fran Nortes escribe un texto divertido, pero con amargor y dulzura, con mucha sensibilidad para unos personajes a los que se nota que los tiene cariño. Todos son destacables. El joven, ya no tan joven, ninguno ya tan joven, que es  recto, nada promiscuo que aún cree en sus principios, y si se le caen, forjará otros, (como diría Groucho Marx), que se asienta en el comedimiento, pero que aún así es capaz de comprender a sus desestructurados amigos. O el que se niega a madurar, a abandonar la tutela de la familia y que se adapta a cualquier situación, porque lo que realmente le pone es estar consigo mismo. Y el tercero,  aparentemente el más vivido, al que le sobrepasan las responsabilidades y vive en un carpe diem perpetuo y, sobre todo, se quiere a sí mismo.

Entre los tres nos cuentan de los vaivenes de la vida, de la fragilidad de la amistad y, al mismo tiempo, de la solidez de ella si realmente son amigos. El texto es ágil, sin rodeos, muy actual y con guiños al espectador que se ve reflejado en alguno de los personajes indefectiblemente.

Gabriel Olivares, experto conocedor de la comedia, sin parafernalias que distraigan a ese mismo público, atiende al carácter de los personajes, a sus palabras, a la relación entre ellos y los deja hacer, para que se muestren frescos y cercanos, y nos identifiquemos con los mismos o recordemos a alguien que es así.

Los tres intérpretes, con esa soltura que les da el director y un texto bien definido, se ajustan, como mascarilla al rostro, sin incomodidades, haciéndose querer y ofreciéndonos un exquisito juego de personalidades. Ellos son Nacho López, Bart Santana y el propio Fran Nortes.

Y, qué quieren que les diga, que es un gusto volver al teatro después de estos meses de apagón cultural. Volver, aunque sea con máscaras, no precisamente de teatro, sino quirúrgicas y asépticas. Pero las risas se escuchan igual, la alegría de poder asistir a un espectáculo en directo y ver a los actores vibrar, reírse, sentir, emocionarse y que nos transmitan historias, y no se desliguen de la necesidad de espectáculo y cariño.

No es volver a Cádiz, a tiempos pretéritos, es renovarse, seguir estando vivos, es saber que aún tenemos la posibilidad de disfrutar de un bien querido.

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