Entrar a ver un espectáculo de Sara Baras no es acudir, precisamente, a ver sombras taciturnas y de la noche solitaria.

Sara Baras con Sombras, ilumina. Hay una lluvia de luz en el escenario. Un espejo de música flamenca. Un zapateado brillante que acelera el corazón. Un movimiento coreográfico que te sosiega por dentro. Hay arte y poesía.

Voces amargas y lamentos, pero también alegría. Magnífica percusión de latidos y palmas, rasgueo de guitarras que emocionan con idolatría.

La imaginación vuela con su baile. Volamos, somos etéreos. Nos sentimos incorpóreos y espirituales.

Sombras de raíces profundas. Vuelo de faldas, lunas que son lunares, el mar en la sequedad del escenario, lágrimas furtivas de emoción y dicha.

Uno se queda atrapado en su asiento, sintiendo la respiración contenida, escuchando el deslizar de los zapatos, la mirada concentrada en filigranas de manos y cinturas, la sorpresa de la siguiente bulería, el martinete, la serrana, y un íntimo y grandísimo Pequeño Vals Vienés de Lorca que pone los pelos de punta. Y Ara Malikian, y Keko Baldomero, y Santana de Yepes con los textos en off, y una iluminación de maravilla de Óscar Gómez de los Reyes, y unos músicos que son una delicia.

Sí, hay Sombras, pero son de pura poesía. Son las Sombras que refleja la luna. Las Sombras de la mujer con gallardía. Las Sombras del viento y de los sueños. Las Sombras de la melancolía y las alegrías.

Sara Baras de farruca, de río y de camino, de rima, ilusión, de raíces, de aire y fuego, de voces y letanías.

Sombras es respirar oxígeno en un agujero sin salida. Es que la música, y el cante, y el baile sean tan imprescindibles como comer cada día.  

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