Vete de mis sueños podría ser un verso.

Lo que anhelamos normalmente es soñar, alcanzar a través de los sueños aquello que nos es vedado en la realidad cruel y cotidiana. Sabemos que los sueños, sueños son, pero nuestra ilusión en cambio ve premoniciones en aquellos sueños que se repiten, que se convierten en obsesión, que llegan a martirizarnos porque son, precisamente, inalcanzables y, lo que es más habitual, inexplicables.

Luis Flor y Felipe Alonso nos traen un texto onírico y real. Sueños de nubes y convivencia de sótano. No sabemos si es mejor lo que vivimos o los sueños. Si es preferible dejar de soñar, aunque recapacitemos en nuestra decrépita existencia.

Antonia Paso y el propio Luis Flor dan vida a dos personajes solitarios, necesitados uno de la otra y ella de él, aunque no se dieran cuenta. Aunque no se conocieran de antes, se echaban de menos. Escuchan el crujir de la melancolía, la visión gris del desierto emocional de sus vidas.

Vete de mis sueños

Se sienten, envolviéndose en un halo de desconocimiento mientras escudriñan su interior. Se hunden en su propia fatalidad, y resurgen en su afán de averiguar quiénes son.

Lo que comienza siendo humorístico acaba revirtiendo en naufragio de sonrisas. Las sonrisas de aquellos que perdieron el rumbo. Sonrisas que caen derrotadas en la lona de los sueños sin hacerse concretas.

Nazan L. Bamio le da forma, intuyendo que debe dejar libertad de movimientos y de expresión oral a sus intérpretes. Que deben avanzar sin prisas, porque sus pasos están oxidados por la melancolía y la soledad.

Hemos dicho que Vete de mis sueños podría ser un verso de un poema por escribir. No. Está escrito. Y lo apreciamos. Y lo disfrutamos. Es un montaje que sueña, porque todos soñamos, aunque no nos acordemos luego, pero interviene la luz de la esperanza, el deseo, la necesidad de despertar sin tener que ponerse a salvo luego.

La vida misma, los auténticos sueños.  

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