Divinas son las palabras del gran don Ramón Mª del Valle-Inclán. Si la obra era o no irrepresentable, no le preocupaba. Él quería, no solo jugar con el lenguaje, sino crear en la libertad de su expresión y de sus ideas, disfrutando del hecho de escribir, más que pensar en si esos argumentos y personajes podían llevarse a escena.

Fue consecuente con su obra y su vida, su aspecto y sus ideas. Y, hoy por hoy, junto con Lorca se le puede considerar el primer innovador del teatro español.

Divinas palabras tiene mucho de misticismo, pero también de raigambre popular, de crónica de una España mísera y decadente, llena de prejuicios y situaciones esperpénticas.

Divinas palabras

En Divinas palabras se ve mal que la protagonista cometa adulterio porque es una sociedad retrógrada y poco culta, pero quedan veladas las relaciones que tiene el sacristán Pedro Gailo con su propia hija.

Pobreza, desarraigo, parias, personajes decadentes que viven en un mundo de supervivencia, de codicia, de egoísmo, de venganza, de lujuria, de superstición. Pedir limosna aprovechando la peculiaridad de un joven con hidrocefalia no es ninguna deshonra. La mendicidad es algo natural y necesario. Mostrar las vergüenzas de quien se ha salido de la norma no es tanto por mojigatería religiosa, sino que es una excusa para pasar un rato de divertimento y salir de la inmundicia y la rutina aldeana. Tragicomedia de aldea, así la subtitula Valle-Inclán. El ambiente viciado y opresor de tabernas, caminos polvorientos, casas abiertas, lascivia y amoralidad frente a preceptos y normas cristianas.

José Carlos Plaza, que ya había dirigido la obra en anteriores ocasiones, la conoce bien y, en esta ocasión la despoja de adornos superfluos y va al centro del personaje, al lenguaje en sí mismo, a las divinas palabras, pero en este caso del gran autor, que parecen mágicas, poéticas, únicas. Si a ello le acompañamos con los harapos de personajes, escenografía, luz oscura, ambiente tenebroso, indigencia,… nos trasladamos a la Galicia profunda de Valle, a una época de podredumbre y supervivencia, a lo misterioso y mítico.

El elenco está imbuido de este ambiente tétrico y sucio, pero interpretan el texto con la sabiduría de su bagaje personal y ponen voz y cuerpo a estos personajes imposibles. María Adánez, Ana Marzoa, Alberto Berzal, Carlos Martínez-Abarca… hacen que nosotros nos paralicemos ante las divinas palabras no del latín “qui sine peccato est vestrum, primus in illam lapidem mittat” del final de la obra, sino las de un autor nuestro que debiera estar en los escenarios más a menudo.

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