Miguel Mihura tardó 20 años en estrenar Tres sombreros de copa. Teatro calificado del absurdo que no lo es tanto. Lo cierto es que sí se adelantó a su tiempo. Fue un joven Gustavo Pérez Puig el que se atrevió a ponerlo en escena en 1952, cuando la obra estaba escrita en 1932. Desde entonces se han sucedido infatigablemente las puestas en escena del ya clásico del humor, de la peculiaridad del autor, de la sociedad rígida y encorsetada a la libertad de expresión, a la llamada de atención sobre los convencionalismos imperantes y la vanguardia escénica que se truncó con la llegada de la guerra civil y la posterior comedia de alcanfor del régimen dictatorial.

Desde funciones escolares, pasando por clásicos montajes de respetuoso seguimiento del texto, hasta la última versión operística en el teatro de la Zarzuela, la obra se representa constantemente, con más o menos fortuna, pero con la innegable calidad de que es un texto y son unos personajes peculiares, diferentes, atractivos, humanos, tiernos, inocentes.

Porque incluso el negro Buby que pretende sacar tajada con sus chicas de pazguatos y acomodaticios ciudadanos que caen en las redes de sus encantos para sonsacarles un dinero más o menos fácil, es un personaje tierno y casi adorable. Los personajes “adyacentes” de la fiesta improvisada en una habitación de hostal de mala muerte, tienen su enjundia y su razón de ser. El astuto cazador, el odioso señor, el anciano militar,… simbolizando la España de caciques y señoritos, ridiculizados y puestos en evidencia. Don Rosario y don Sacramento, fíjense qué nombres, en el aura de las tradiciones y las viejas costumbres. Pero son Dionisio y Paula quienes nos producen esa ternura infinita de no atreverse a buscar su propia libertad, a romper los moldes de lo establecido, a llevar adelante sus ilusiones.

En esta ocasión es la compañía La Tomasa Teatro, dirigidos por Emilio Verdejo los que nos presentan una nueva visión de la obra. Hay guiños al progreso informático y robótico, entremezclando el pasado con una tecnología de la que no podemos escapar tampoco, como antes no se escapaba de lo socialmente correcto.

No es tan disparatada comedia esta del teatro Victoria en la calle del Pez. Más disparates se ven en la urnas, por ejemplo, y nadie se asombra por ello. Más disparates se oyen en boca de personajes públicos y políticos y no nos reímos, sino que nos avergüenzan. En esta comedia la risa está más que justificada, el absurdo no es tan desatinado y los personajes estrafalarios no son más que reflejos de espejos con azogue oxidado.

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