Yerma de llanto infecundo, Yerma de amor desbordado, Yerma de lucha interior que no encuentra la vida en su organismo.

Yerma, deseo frustrado, tu odio crece al tiempo que tu cuerpo perece.

Yerma, llama sin rescoldo, sabor amargo de ceniza en tu boca, en tus ojos, en tus manos crispadas implorando un pajarillo.

Yerma de vientre inerte, con tus lágrimas fecundas la tierra, pero no germina el fruto que tú quieres, bendita seas entre todas las mujeres.

Yerma de esperanza y ternura, el granizo cae intempestivo echando a perder la cosecha.

Yerma de otoño y hoja caída, tu fuerza de amar quedó enterrada en una cuna vacía.

Yerma de hijo nonato, tendrás que cortar el cordón umbilical que te une con tu propia vida.

Considero a Federico García Lorca como uno de los mejores dramaturgos, no solo de España, sino de la literatura universal. Sus obras están cargadas de drama, de poesía, de música, de simbolismo, de movimiento, de coros, de aspectos plásticos y, al mismo tiempo, tremendamente personificadas con personajes únicos, irrepetibles y reales.

Poema trágico lo subtituló el propio Federico. En la obra Juan, torpemente, pronuncia una frase que hiere a Yerma: “no tenemos hijos que gasten”. Y se muestran los celos de Juan: “ya sabes que no me gusta que salgas”. Lorca retrata unos personajes auténticos, sencillos, de carne y hueso, aunque representen símbolos. Formas de actuar y ver la vida. Costumbres sociales, el qué dirán, el cotilleo, la resignación o la obsesión, la honra, la pasión agazapada, el futuro no previsto.

Juan Pastor hace su personal lectura del texto. Y tiene razón cuando dice que ahí radica lo importante, en el texto. Nadie puede sustraerse a la belleza del mismo. Podemos debatir si sus temas son actuales o no, si son vigentes, si hay tópicos, si las cosas han cambiado o no. Cada montaje tendrá su peculiar forma de verlo, pero el texto es el que hay, y es insuperable.

Pero es que, además, en este montaje de la Compañía Guindalera, se le trata (a Lorca y al texto) con un respeto absoluto, con una aproximación certera al ambiente rural, con una interpretación más que sobresaliente.

María Pastor encarna una Yerma sana y bella, obsesiva, firme, impulsiva, que quiere practicar su libertad aunque se lo impidan: “quiero beber y no tengo vaso ni agua”.  Los demás personajes están también impecables, a tono, implicados, creíbles, completos, corifeos.

Puesta en escena excepcional, sin alardes escenográficos ni ambientales. Estupenda la música y las canciones cantadas por todo el elenco.

Tan solo difiero del final, aunque Juan Pastor lo representa sin ambages. Creo que no hay abuso en Juan, el marido; ni venganza ni defensa propia. Creo que Juan sabe que debe quemar su último cartucho (aunque esté borracho) y no quiere perder a Yerma, por eso se acerca a ella con la intención de besarla y más. Creo que Yerma intuye que no tendrá más oportunidades, y en pleno éxtasis del amor, en pleno fragor de la batalla y el ardor sexual, Yerma llega al summun apretando el cuello de su marido y negando de esta forma que haya ninguna salida. “Yo misma he matado a mi hijo”.

No dejen de verla, porque cada Yerma, siempre será distinta.

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