Mi mamá decía que la hipocresía es parte de la buena educación. Este axioma que puede parecer falsario, se sustenta bajo unos principios sociales de consolidada raigambre. ¡Cuántas veces nos callamos lo que realmente pensamos simplemente para quedar bien! O, en otras circunstancias, para no herir a los demás, para evitarse problemas o situaciones un tanto escabrosas, o porque no nos atrevemos, por nuestra buena educación, a cantarle las verdades al barquero.

Y cómo nos sorprendemos cuando nos llega a los oídos que alguien ha dicho esto o aquello de nosotros, cuando pensábamos que esas personas eran nuestros amigos del alma, con los que estábamos a partir un piñón y que, incluso, pondríamos la mano en el fuego por ellos. Hasta que abrimos los ojos, y nos quemamos. Por el fuego, por la incredulidad de no dar crédito a lo que era impensable, por darnos cuenta de que realmente no conocíamos a nuestros familiares, amigos, compañeros.

En Me gusta como eres, de Carole Greep, con adaptación de Jordi Galcerán, en forma altamente cómica y divertida, se nos presenta esta situación. Me gusta como eres hasta que sé cómo eres y cómo piensas. Entonces ya la cosa cambia. Y aún así, mantenemos hasta cierto grado la ficción de ser educados, de llevarse bien, de no perturbar la convivencia con los otros. Pero, claro, esto es una función de teatro. Y como ya hemos dicho anteriormente, bien divertida, hilarante, con unos personajes perfectamente interpretados bajo la dirección de Gabriel Olivares, experto en comedias de equívocos, de verdades a medias, de relaciones insólitas, de ritmo y movimiento imparables. Lo cierto es que no paramos de reírnos, sin que sean falsas esas carcajadas.

El elenco lo hace de maravilla. Pepa Rus, en su personaje de mujer sin dobleces, llanota y convencida. Juanan Lumbreras que dota a su personaje de la inocencia necesaria para soportar, en principio, todo aquello negativo cuando vienen mal dadas hasta que estalla. Miren Ibarguren, que borda su personaje de chica vacía y sin sustancia, pero no tan poco espabilada como da a entender. Y Óscar de la Fuente, el perfecto hipócrita acostumbrado a moverse en mundos de falsedad controlada.

El texto es ágil y cercano, y rápidamente nos identificamos con las situaciones por muy hilarantes que estas sean. Porque, al fin y al cabo, ¿quién no se ha visto en situaciones de falsas apariencias y fingidas veladas de amistades donde se cotillea en la terraza o en la cocina?

Me gusta esta función y no es mentira.

Bitnami