Huir de la guerra, o sacar provecho de ella. No amilanarse ante las circunstancias adversas. Tener el valor para afrontarla, aunque haya que pagar un alto precio. La guerra nunca es buena, pero si se puede hacer negocio mejor o, al menos, que no nos hunda en la miseria. Tener coraje, decisión, subsistencia.

Madre Coraje arrastra algo más que un carro con enseres, víveres, bártulos,… también lleva su propia miseria. Primero sus hijos, después lo que venga. Pero sus hijos se van perdiendo en el camino, la guerra no hace distinciones, o sobrevives o caes en la cuneta.

Bertolt Brecht aprovecha su propio exilio, su huir de una guerra que se avecinaba cruenta. No es que quiera sacar partido, como el personaje de la historia, sino que lo necesita para concienciar a una humanidad depredadora e insatisfecha. Para criticar desmanes que se hacen en nombre “de en una guerra todo vale”, para provocar el efecto contrario, y poner en tela de juicio la religión, la política, la economía, la sociedad sin metas.

Hay dolor humano y egoísmo y mirada ciega. Sordomudez de la hija, falsa valentía de otro hijo, inocencia del que le queda. Y Madre Coraje y sus hijos fundiéndose en medio de la guerra con su carreta. Al final, ella sola frente a desmanes, sufrimiento, soledad, tiranía, represión, su propia conciencia.

Ernesto Caballero, nos trae la guerra a un ambiente más cercano, más recordable, más de nuestra época. Letras luminosas que nos indican las escenas. Puede ser una gran guerra, una guerra de guerrillas, una contienda fratricida, un enfrentamiento entre fronteras.

Respeta las canciones de Brecht, el distanciamiento que el autor preconiza, porque no pretende que nos solidaricemos con esa madre que pelea. Mantiene la poesía y la esencia de Brecht, aunque sea de desgarro y miseria. Pelos sucios, trajes raídos, frío y muerte, metal y paredes abiertas.

Los intérpretes sacan lo mejor de su esencia. Blanca Portillo, en un personaje duro no exento de humanidad, aunque lo disimule, no lo fuerza, lo crea nuevo, le da firmeza. Paula Iwasaki siempre acierta, con sus ademanes, con su voz, con su sola presencia. Jorge Usón, cargado de cierto misticismo y pragmatismo en partes medias, quizá el más humano de todos, con gran fuerza. Paco Déniz, el cocinero que se aprovecha, que se muestra directo aunque oculta sus verdades y no es como aparenta. Ángela Ibáñez, en el personaje más desvalido que consigue ponernos un nudo en la garganta, como el que tiene ella. Todos grandes, dando el todo por el todo, Compañía del Centro Dramático Nacional, calidad inmensa.

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