Cuando una persona nos cala hondo en el corazón no la olvidaremos nunca. Si esa persona es amiga entrañable nuestra, la recordaremos en cada instante y no necesariamente con nostalgia, sí con una gran sonrisa. Con la nostalgia, quizás, de que ya no lo volveremos a ver, pero sabiendo que está en sus actos, en los recuerdos, en las anécdotas, en el tiempo que pasamos junto a ella e, incluso, en los momentos más o menos largos que no la viéramos.

Si esa persona, además, es de una personalidad arrolladora, es un artista, una buena gente, tenía sentido del humor, sabía escuchar, podía hablar y escuchar con atención, nos enriquecía con su sola presencia aunque estuviera en silencio,… entonces tendremos la certeza de que nunca dejará de ser nuestro amigo, de que nunca nos abandonará aunque no esté físicamente, de que nunca perderemos su senda.

Y si además, nos quedan testimonios, grabaciones, fotos, objetos, lugares, instantes compartidos, pues querremos hablar de él y con él, tendremos la necesidad de contárselo a otros.

Eso ocurre con Rudy Chernicof, actor argentino, que nos trae Por amor a Gila, su testimonio, su amistad, sus chistes, su forma de ser, sus emociones, sus sentires, su humanidad desbordante.

El ruso, como le llamaban Gila y otros, nos abre el salón de su casa y nos cuenta sobre una de las veces que estuvo con el gran Miguel Gila. Cómo intercambiaban ingenio, corazón, amistad, palabras, recuerdos.

Rudy lo hace emocionado, queriendo transmitirnos solo una ínfima parte de la forma de ser y pensar de Gila. Nos atrapa, nos lleva al terreno melancólico y a la risa, a contarnos de primera mano que incluso los grandes artistas también son grandes personas.

Lo primero que me llama la atención en el escenario es que no está el emblemático teléfono de Gila. No hace falta. Chernicof cuando pone en boca de Gila sus palabras se encasqueta una boina, pero tampoco haría falta. Valga como homenaje visual. Lo que sí es importante y testimonial, además de todas las anécdotas ocurridas entre los dos, son los documentos sonoros. La voz del propio Gila, no podía faltar, pero también la del Nano, Joan Manuel Serrat, cantando a Miguel Hernández, porque el humorista y el poeta coincidieron en la cárcel. Y el tango, y los pedos, y el locutor que ensalza la figura del protagonista,… y nos hace integrarnos en esa historia de recuerdos, en esa nostalgia alegre de comprobar que el genio sigue tan cerca nuestro y tan vivo como el propio actor en ese momento.

¡Por Gila, por Chernicof, por el humor, por cierto!

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