¡Capullito de alhelí y de azucena! ¡Es usted un bohemio! ¿Me da usted el brazo, patitas de bailaora?

Volver a visitar a Miguel Mihura. Entrar de nuevo en su habitación de Tres sombreros de copa y que sea él, el que descoloque todo y lo ponga patas arriba. Con su ingenio desbordado que no es tan absurdo ni descabellado. Con su ocurrencias humorísticas y nostálgicas en las que habla de soledad y libertad de expresión. En las que critica a su manera las convenciones sociales y lo política o socialmente correcto.

Tres sombreros de copa ya es un clásico. Se estrenó veinte años después de escribirse en 1932 como una novedad casi irrepresentable en la que muy pocos creían. Lo tildaban únicamente de locura. Hasta que, de manera velada e imperceptible, va arraigando como montaje no solamente cómico. Porque es una comedia sincera, espontánea, con emoción, con desparpajo, con vida propia, como diría el propio Mihura, con ritmo y “hasta con una cadencia especial que sonaba a verso”. Escrita con amor y melancolía.

Hasta que empieza a leerse en los cursos de bachillerato, los grupos de aficionados comienzan a tomarla como instrumento para sus prácticas teatrales y llega a formar parte del repertorio de muchas compañías. Es decir, se convierte en clásico e imprescindible. 

Y el acierto de este montaje de Natalia Menéndez, cuyo padre, Juanjo Menéndez protagonizó en el primer estreno dirigido por Gustavo Pérez Puig en 1952, es que acoge las características que buscaba y quería don Miguel. Sin exageraciones. Sin hacerse el gracioso, porque el humor ya está implícito y, además, hay que darle la ternura necesaria, la emoción no sobreactuada.

Esto ocurre con la Compañía del Centro Dramático Nacional, en la que todo el elenco acepta esa premisa de no desvirtuar grotescamente al personaje y lo interpretan limpiamente, con cariño y muchas ganas.

Pablo Gómez-Pando está francamente notable, es el Dionisio perfecto, tímido sin barroquismo a la contra, suficientemente emocionado, expresando esa frustración de no hacer lo que realmente le pide el cuerpo. En cuanto a Paula, Laia Manzanares, no le va a la zaga, se muestra casi más ingenua e infantil que el original, se la ve desvalida y sola como se exige este personaje. El resto, profundamente entregados, destacando a Arturo Querejeta que llena el escenario con su sola presencia. Tusti de las Heras, Roger Álvarez, César Camino,… imparables e incontenibles, fiel reflejo del espíritu innovador de una obra que nunca podremos dejar de verla.

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