Para escribir esta crónica no me voy a basar tanto en el texto, ni en la interpretación, ni en la puesta en escena. Todo ello, por otro lado, impecable. Me basaré en los sentimientos, en las emociones encontradas, en los silencios, en lo que se dice, en lo que pasó, en lo que sucederá después.

Quiero creer que los tiempos en los que hay que ocultar la condición sexual, sea cual sea, están pasando. Que no se toma como capricho, ni mucho menos como enfermedad que hay que curar, que es hermoso sentir el amor venga de donde venga, que no debe perderse la palabra por no atreverse a confesarse el cariño.

Hay que encontrar esa palabra en el desván oscuro y dar a conocer los secretos. Enredarse en la luz dejando atrás las sombras. Hablar el mismo idioma. Cantar las mismas canciones. Más, tratándose de madre e hijo, porque entre ellos siempre habrá comprensión de sobra.

Las nubes blancas presiden un pasado que hay que orear para que no se pudra el recuerdo. Por eso viene él, un desconocido hasta ahora, para ofrecer su verdad del amor oscuro, para enriquecer los sucesos de rama quebrada de olivo, para que no haya dudas ni en el pasado ni en el futuro prometeico. Y conociendo, comprenderemos. Ya no habrá años perdidos y podremos afrontar la muerte cara a cara. In memoriam, pero insuflando vida nueva.

Y ahora sí, todo traído con la solvencia interpretativa de una Carmen Maura contenida y resquebrajada en su personaje, que se va descubriendo a sí misma en el espejo del ventanal que nunca mira. Y él, el novio de su hijo, personaje de Félix Gómez, nostálgico y aún amante, que quiere desenterrar lo que estaba callado y oculto, que quiere volver a casa (como la golondrina), aunque esta nunca haya sido suya.

Guillem Clua, el autor de La golondrina, nos ofrece un texto hecho de tierra y realidad, situación de algo común, desgraciadamente, que sigue pasando, pero que precisamente quiere esclarecer para que no siga ocurriendo. No más oscuridades. Y, como siempre, Josep María Mestres dirige con sensibilidad y momentos agridulces estos trozos de vida para recomponerlos y que salgamos del teatro con el corazón emocionado y mucho más transparente.

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