No voy a despotricar de manadas e indeseables machitos. No quiero llegar a ninguna parte, porque mi escrito no tiene el valor inaudito de una sentencia injusta y sin sentido. Pero sí pretendo acordarme de la única víctima de este cruento delito. El infierno es lo que vivió, ¡malditos! Sus labios ya no volverán a sonreír y sentirá en su cuerpo lluvia de lodo, dolor infinito. No, la justicia no es igual para todos, por mucho que salgamos a gritarla por los caminos.

En Jauría, textos extraídos de las declaraciones en el juicio por agresión sexual a una muchacha de 18 años por cinco lobos hambrientos de sexo, Jordi Casanovas construye un teatro de Documento. No juzga, no opina, no define sus propios sentimientos. Lo que se oye, lo que se dice, lo que ocurre, es lo que pasó, lo que sintieron los protagonistas, lo que sentimos nosotros al verlo.

Jauría

Miguel del Arco dirige esta difícil puesta en escena. No por sus complicaciones técnicas, pero sí interpretativas, sí de vísceras emocionales, sí de delicadeza y, al mismo tiempo, desgarro, realidad, fuerza mediática, justicia, hechos delictivos.

“Yo no pensaba que iba a suceder lo que luego sucedió”, repite varias veces la víctima, y aunque lo hubiese pensado, ¿habría salido indemne? Posiblemente no, pero esto es una opinión personal, porque cuando la manada, actuando en grupo, huelen que la serotonina se descontrola y los efluvios de testosterona se disparan, ya son imparables. Cuando abusan de su poder de acorralamiento.

Los seis intérpretes, me imagino que haciendo acopio de profesionalidad, van pasando por los distintos estados de agresividad, diversión, sorpresa, temor, repulsa, chanza, recuerdos. Ellos buscan defenderse, ella solo quiere que reluzca la verdad. “Yo sí te creo”, gritaron en la calle. Fran Cantos, Álex García, Ignacio Mateos, Martiño Rivas, Raúl Prieto y María Hervás, sí hacen creíble este tremendo documento. Sin escatimar gestos, silencios, palabras, actitudes, movimiento de manada, desvalimiento.

Nos sobrecoge desde el primer momento. Como debe de ser. Porque la vida está ahí fuera con hechos iguales a este, o parecidos, constantemente, demasiado frecuentemente. Y este teatro no deja de ser testimonio de eso. Teatro real, porque además del que es de entretenimiento, este teatro también debe tener su hueco.

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