Todo se vuelve música en un instante. El ambiente y el escenario se llenan de melodías, ritmo, cadencias, sonidos, poesía.

Ya Luis Morate nos transporta a un mundo distinto con su banda de músicos en este lunes que deja de ser anodino y se convierte en casi primavera, día del padre, y de la madre,  y del hermano y del amigo, y del espectador y de los músicos, lunes libre de buscar otros destinos.

Canta la guitarra, el bajo, la percusión, el teclado, la voz de Deby, lo divino.

Nos preparan para lo que después viene, Dominic Miller, siempre inaudito.

Bandoneón incluido, que para eso es argentino, guía en la noche de Galileo Galilei, rutilantes estrellas que aparecen de un modo sencillo.

Se desliza la música hecha verso rompiendo el estruendo externo de tráficos y malditos compromisos para transportarnos sin alas al abrigo de un camino donde encontramos un tesoro divino.

Es vestir a la poesía de tules melódicos al unísono e iniciar un recorrido de los sentidos.

La noche brilla con ritmos, tener la sensación de haberlo ya vivido y querer repetirlo.

Y continuar sintiendo la intriga, el beso, el abrazo, la melancolía, el refugio de corazones perdidos. Historias que se entreven en los títulos.

Los músicos se miran entre ellos y se hacen guiños. Sienten cada instrumento como parte indisociable de un cariño que nunca se desborda aunque sea infinito.

Nos dejamos llevar por este laberinto de poesía y música sin querer salir del mismo. Y el aire se purifica con esos sonidos. Nunca antes un poema que es música fue tan bonito.

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