Al escribir el título de esta comedia El jefe, me traslado a las comunicaciones que mantienen estos con sus empleados, y me pongo en la tesitura de estar solicitando un permiso para que me conceda ir al médico o de que sea el propio jefe el que me escribe a mí para darme cualquier susto de repente. Porque, seamos realistas, a no ser que la empresa sea pequeña, la relación entre empleado y jefe suele ser nula, que para eso hay departamentos de RR.HH. o cualesquiera otras siglas espeluznantes.

Eduardo Aldán, en este caso El Jefe, nos convoca como fieles empleados suyos, llámese espectadores, a celebrar no se sabe qué evento. Pero ahí estamos todos. Algunos le conocemos por su apodo, Espinete, pero la mayoría no sabíamos que su nombre pudiera ser tan largo como una nota a pie de página de El Quijote. Nos da la bienvenida, sin percatarse que nos ha pedido hacer horas extras para verle. Y ya desde el principio habremos de obedecerle. Con gusto lo hacemos. Pensamos en nuestros jefes reales a los que hay que reírles las gracias y los chistes malos y, en cambio, con este Jefe nos predispone a quererle.

Nos va a contar una historia. Una historia hilarante, pero no absurda. Cómica, pero disparatada. Pudiera ocurrir, por qué no, y se parece bastante a ciertas situaciones que podrían darse y ocurren realmente.

Junto con Israel Criado (¡vaya!, el apellido le viene pintiparado) que le da la réplica contundentemente,  empleado anónimo despedido y jefe encumbrado sin tiempo para nada, se ven obligados a compartir varias horas de claustrofóbico ambiente. Pero como ambos tienen recursos cómicos suficientes, la espera, el encierro, la relación se va haciendo estrecha, imaginativa, emocional, sorprendente.

Y entre diálogos chispeantes y conversaciones ágiles y situaciones divertidas, el tiempo se va pasando hasta que nada vuelva a la normalidad. Hasta tiene su punto de ternura, de utopía, de necesidad, de comprenderse mutuamente.

Comedia con su punto de crítica, con sus humanos personajes, con su humor ácido que puede producir el chocolate que vende y que nos produce risas de ‘jeje’. Al más puro Mihura, pero con menos gente.

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