La mantequilla tiene la dualidad de que cuando está fría es difícil untarla y cuando se deja a temperatura ambiente se deshace demasiado. No sé si Carlos Zamarriego utiliza este producto alimenticio para simbolizar sobre lo que quiere contarnos en cuanto a relaciones personales, encuentros y desencuentros, comunicación, búsqueda de uno mismo y de los demás.

En Mantequilla, dirigida por Edgar Costas, el autor nos plantea esas bimembraciones de ausencias y vacíos, de llegar cuando el otro se ha ido, de hablar al aire sin escucharse, de finales que son principios, de que lo nuestro ya no es nuestro y ni siquiera sabemos si un día lo fue y lo conseguimos.

En este texto de silencios, (según el propio Zamarriego), podemos distinguir la poética del teatro. Empezando, o terminando, por la premisa de la poesía: no importa tanto entenderla, pero sí hay que sentirla. Hay que entender, de todas formas, que hay recuerdos incluso de lo que no se ha vivido. Que mucha veces nada de lo que se dice es lo que se dice, y de que hay demasiada vida alrededor de nosotros.

Somos Mantequilla, nos endurecemos si estamos fríos y nos derretimos si alguien nos da calor. Y, en medio de todo ello, poniendo precios a lo que vivimos, recordando con escenas de cine lo que pudiera ser idílico. Extrañarnos si no estamos juntos, desconocernos si convivimos.

Y todo ello lo ponen en escena dos sensibles actores, Roberta Pasquinucci y Rodrigo García Olza. Hablan y se escuchan, pero no se comunican, se desencuentran, y vuelven al principio. A la larga todo es un círculo. Y los trenes de la vida parten y lo que parece que cambia en realidad siempre es lo mismo, ampliándonos con los conocimientos que vamos haciendo, con la experiencia de lo vivido. Tanto Roberta como Rodrigo se acoplan y se desconocen, nos transmiten sus silencios y sus diálogos infinitos que, posiblemente, no lleguen a ningún sitio.

Arriesgan autor, director y elenco. Es lo que hay que pedir a un buen teatro, como mínimo.

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