Agatha Christie asesinaba. No sin impunidad ni consecuencias. Creaba tramas de intriga y crímenes, dando razones que después resultaban falsas. Dirigía las miradas hacia donde ella quería que nos fijáramos para, después, sacar el puñal, la pistola o la daga, y sin saber de dónde procedía la bala, disparaba. Y nos mataba. Y nos resucitaba. Reconstruía los hechos y, con la lógica aplastante de lo que nadie esperaba, culpaba al que creíamos más inocente y, quizás, al que más callaba.

No podía estarse quieta porque todo la intrigaba. Y nos hacía pensar que en la lógica está la trampa. Ella, que muere por causas naturales, hace morir a sus personajes por causas inesperadas.

Y de muerte Víctor Conde nos trae Muerte en el Nilo, con maletas que no guardan nada. Se mueven y pueden ser plataformas, cajones sonoros, butaconas, alfombras, cajas fuertes donde se podrían guardar joyas, pistolas, armas.

En escena se va desarrollando al ritmo de canciones y baladas, magníficamente interpretadas por Paula Moncada, la trama, donde se habla de amores y de celos, de crisis económica y fortunas amasadas, de amistades ambiciosas y de amenazas. Los personajes pululan por el escenario, que es la cubierta del barco. Hablan y hablan, se seducen, se odian, se aman.

Pablo Puyol lidera y comanda la investigación, la reconstrucción de unos hechos que acabarán, como las grandes tragedias, en muertes anunciadas. Ana Rujas, Adriana Torrebejano, Cisco Lara,… se engalanan para dar forma a esta novela adaptada que transcurre en la apacibilidad de que algo truculento y misterioso pasa en el teatro Amaya.

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