Lluvia de taconeado sobre la piedra del corazón de Bernarda. Se niega a reconocer que Adela, su hija menor, ha tenido relaciones con Pepe, el romano. Hay una lucha de pasos y palos. Brazos al viento apelando al sentimiento. Llanto interno. Enfrentamiento. Las hijas, las cinco contra la madre, solo que una es menos sumisa y no se dejará vencer. Se niega a enterrarse en vida, a imaginarse que han tapiado con ladrillos puertas y ventanas para que entre el aire. Se pone su vestido de verde de esperanza. Verde que te quiero verde, verde viento, verde rama. El lamento de la voz que canta, el cajón flamenco, sonido de palpitación que pugna por vivir en libertad, contra el amor nadie puede nada. Ni la mismísima Alba.

Suena la guitarra, corazón herido por cinco espadas. Voz quebrada. Una tormenta en las almas. Angustias, Magdalena, Martirio, en el nombre llevan la penitencia de la soledad no buscada. Ni siquiera Amelia, que significa trabajo, se salva. Adela, aquella de origen noble, la que se atreve a hacerle frente a lo retrógado, al que dirán, que quiere salir de las sombras, que quiere gritar en voz alta.

Mónica Tello, bailando y sintiendo, teatralizando el flamenco o llevando a Federico García Lorca a través de sus pasos. En las palabras del poeta está el ritmo, la cadencia, el duende, el arte, el flamenco, en definitiva.

Negros y blancos. Negro de luto, de represión, de ideas cerradas;  blanco de piel joven, blanco de sonrisas, blanco de luz de luna en noches de habitaciones abiertas hasta la madrugada. Hasta el caballo percherón quiere protestar por este encierro de cucarachas.

No es una Casa de Bernarda Alba más. O sí. Pero da igual. Mil veces que la vea, mil veces que se lleve a escena, cada lectura, cada interpretación, si se hace desde el sentimiento y la pasión será una Bernarda renovada. Hoy con músicos y coreografía flamenca, simbiosis del Lorca más andaluz, del Lorca músico, del Lorca dramaturgo, del Lorca poeta, del Lorca que nos habla y que nos canta ayer, hoy y mañana.

 

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