No vale la pena decir nada”. Palabras solo palabras. Sueños. Nadie en su tierra, nadie de verdad, la realidad cruel. Nada cambia y todo es distinto. Nada empieza de nuevo y todo termina. Y una canción en el corazón. Un Auto de los Reyes Magos. La vida es sueño. El gran teatro del mundo y de las vidas humanas. Memoria de hechos aciagos. Desgracias y muertes. Mirar al cielo y ver las estrellas, pero también el agua, el fuego, la tierra, el aire. Circundando nuestras vidas. Sufriendo, siempre sufriendo. Ojos sin lágrimas que ya no lloran por el polvo del futuro que nos espera. De vez en cuando una sonrisa.

Pero no quiero ser nada. Solo que se me comprenda. Salir de este agujero. De ese campo de refugiados que es más una prisión, un muro infranqueable de sentimientos.

Me gustaría verte llegar y darte un abrazo, que no tengas miedo. Que no te quedes mudo, que no se acabe el día con la acechante sombra de la noche convertida en hombres despiadados.

Esperar, aunque no suceda nada. La esperanza, los abrazos, no más adioses.

Sobrecoge este montaje. Parte, dice su director, José Carlos Plaza, de unos pequeños Autos Sacramentales, de unos fragmentos barrocos, del inicio del teatro castellano. Y su director junto con Pedro Víllora reescriben sobre pergamino de piel herida, sobre grietas epidérmicas de cuerpos humanos.  Construyen un gran montaje. Real, cruel, desgarrado de sentimientos. Nos introducen en ese campo de refugiados haciéndonos ver gritos y silencios, llantos y mordiscos, pobreza, miseria, degradación del ser humano.

Con un elenco de actores encabezado por un gran Fernando Sansegundo, siempre inmenso, y otros actores más jóvenes que no le van a la zaga en veracidad y notable interpretación vivida por dentro. Israel Frías, Pepa Gracia, Álvaro Pérez, Amanda Ríos, Javier Bermejo,… por nombrar solo a unos cuantos, que nos ponen un nudo en la garganta, que nos cuentan lo que está sucediendo sin dobleces ni recovecos.

Felicitaciones a la Compañía de Teatro Clásico y a Faraute por arriesgar con este montaje directo, por esa fuerza teatral y ese aliento dramatúrgico necesario para buscar un poco de solidaridad con un mundo que no debiera ser paralelo, por mostrárnoslo a pecho descubierto. Entonces las palabras sí deben servir para algo, para denunciar, para quejarse, para protestar, para pedir, para que, por fin, alguien escuche y se les haga caso.

 

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