Siempre los sueños. Siempre La línea del horizonte. Siempre la ilusión y el deseo. Siempre, hasta que alguien llega y nos intenta abrir los ojos. O nos dice que esa línea del horizonte nunca la alcanzaremos.
No es cierto. Se puede llegar. Pero hay que hacerlo paso a paso. Aunque también es cierto que muchos se han quedado en el intento. Y otros, cuando llegan, ha sido a base de sacrificar otras cosas, o de ceder, o de ir contra principios y sentimientos.
De eso va La línea del horizonte, de Carlos Atanes. Simplemente nos plantea que no todo es gratuito, que no nos engañemos. Y lo hace con un texto elegante y bien situado históricamente. Pero en un lugar de donde ya no se puede escapar. Un barco en medio del océano. No hay vuelta atrás. Y en una época de nuevas oportunidades, ya ha pasado una gran guerra, no saben que habrá otra, y otra, y eso sin contar las guerras internas y personales de cada uno, en las que nunca se sabrá quién venció y quién sale derrotado. Pero siempre será el más débil. En este caso, la artista ingenua e ilusionada, porque aunque abre bien los ojos, la línea del horizonte siempre quedará lejos.

Joaquín Hinojosa dirige e interpreta este texto real y sincero. Un texto disfrazado de cariño, pero duro y complejo. El barco navega sobre una noche apacible y serena. Sin embargo, pronto se avecinarán tormentas, relámpagos y truenos. Y se lo avisa a la vedette, para que no se lleve a engaño, para que no llegue virgen, de sentimientos, a puerto. Beatriz Arjona se inunda de agua salada, la de sus lágrimas que no verterá pero que están por dentro, se inunda de alegría desbordante al comienzo, se inunda de paz y gloria antes de tiempo.
Como digo, es un texto apacible, una puesta en escena sin marejadas ni quiebros, con unos intérpretes que no sufren mareos, pero que están rotos por dentro. El hombre mayor, Pigmalión que no sufrirá de celos, pero que será descarnado y cruento, y la joven que ve como se le rompen sus ilusiones, aunque no dejará de mirar al horizonte esperando que todo sea un mal sueño.

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