Los animales buscan refugio, cuando se sienten heridos, para lamerse las heridas. A veces se apartan de la manada y solo vuelven cuando consideran que pueden integrarse otra vez de pleno derecho.
Sin embargo, el animal humano huye unas veces para que no le vean y no tener que enfrentarse a la humillación, o pretende que todos estén pendientes de su mal.
Román tiene heridas, aparentemente cicatrizadas, y por eso vuelve. Tiene heridas por los cuatro costados de su vida y su corazón. Antes de que la herida se hiciera más profunda decidió escapar. No sabemos si por no tener que enfrentarse a sí mismo o porque realmente buscaba un consuelo que nadie podía darle. Pero la que realmente quedó herida fue Ceci, aunque ya sabemos que las “hembras” de cualquier especie son mucho más fuertes.

Román  vuelve cuando cree que está curado. Pero cuando regresa se agravan más las antiguas heridas. Se reabren. Y no porque se reencuentre con sus fantasmas femeninos, su hermanastra y madrastra, su novia, una chica de un solo día,… porque en realidad son todas la misma. Pero él no se dejará ayudar. Viene como paciente, pero tiene el orgullo del animal herido.
Mariano Rochman escribe y dirige Animales heridos con la sensibilidad que le caracteriza siempre en sus producciones. Nos pone sobre el escenario un pasado que no sabemos si existe y un futuro que no se contempla porque solo se vive el presente, o los sueños. Aunque imaginemos, aunque pensemos en un “ideal” que nunca se cumple. Nos plantea una historia de relaciones cotidianas, pero que son varias historias, porque los protagonistas juegan en función del objetivo, de la circunstancia, del conflicto y de la urgencia. Todo se presupone, nada ocurre realmente.
Con diálogos no hirientes, sino más bien nostálgicos, de pérdida, de posibilidad dejada escapar, de vendajes y reproches, los actores, Marta Cuenca y Víctor Anciones, se desangran en escena. Marta Cuenca registra con maestría varios roles, siempre vence aunque esté derrotada en sus personajes. Y Víctor Anciones muestra sus heridas con el pudor y la inseguridad de quien se da cuenta de que esas heridas se mantienen en el corazón y no hay quien las cierre.
Quizás, al final, lo mejor será hacer como que no ha pasado nada.

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