Los planes casi siempre, o muchas veces, se desbaratan si poder hacer nada por remediarlo. Uno se monta sus pájaros en la cabeza, es una especie de renacimiento personal, sabiendo o creyendo que uno es el centro de sí mismo. Pero, sin olerlo ni comerlo, de repente, o muy poco a poco, casi porque el camino trazado nos ha impedido salirnos de la trayectoria marcada, todo se viene abajo. La meta siempre queda muy lejos. Sí, es verdad que se van consiguiendo pequeños logros, pero por alguna oscura razón, nunca es como lo habíamos imaginado. Y entonces solo queda tomar dos opciones: o aceptarlo y conformarnos, aunque sea protestando, o lamentarse e intentar cambiar los designios previstos, aunque no sepamos cómo.
Es como un juego de las tres en raya, que unas veces se gana y otras se pierde, pero cuesta un horror que las tres fichas se alineen ni siquiera en golpes de suerte porque, a la postre, la partida dura poco.
En El Plan de Ignasi Vidal, el autor y director vuelve a sorprendernos con un golpe de efecto en un texto trabajadísimo, popular, cercano, nuestro. Lo que parece más o menos cómico, intrascendente, cotidiano, vulgar incluso, lo que nos pasa a todos, el paro, los engaños de pareja, la amistad a pesar de todo, las ilusiones truncadas,… de pronto se convierte en algo terrible, impensable, fuera de lógica, dramáticamente posible.

Ya venía siendo tremendamente trágico esa vida donde nadie cree en nosotros, donde nadie nos valora, donde hay que luchar a brazo partido contra un destino que no sabemos si realmente estaba escrito o tenemos la potestad para cambiarlo, en la ilusión, en la mente, en un proyecto casi de locos.
Manuel Baqueiro, Javier Navares y Chema del Barco, interpretan con una precisión realista cada palabra, cada gesto, cada tono, cada silencio, cada movimiento. Nos hacemos amigos de ellos. Los comprendemos. Los queremos como se quieren entre ellos. Con sus más y sus menos, pero sabiendo que no es fácil y que cada uno tiene su mundo interno, su pesadilla, sus emociones a flor de piel que saltarán hechas pedazos en cuanto les toquen un poco.
Director y actores nos mantienen con esa media sonrisa de autocompadecimiento propio, identificándonos, hasta que estalla todo. Algo se intuye, pero no se ve venir, nos sorprende como si nos dieran un golpe en el pecho, afectándonos en el sistema límbico, el que regula las emociones, la memoria, el hambre y los instintos sexuales. De todo eso hay un poco en esta gran comedia, que si no tienen otro Plan, recomiendo sin desdoro.

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