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Es el tiempo que se fue y no vino. El tiempo que está y se marcha. El pasado y el futuro al mismo tiempo. El personaje del viejo a principio de obra dice: “Sí, hay que recordar hacia mañana”. Lorca en estado puro. Lorca surrealista y emocional. Lorca nuestro. Lorca mío.

Al salir de la función de Así que pasen cinco años en el Teatro Valle Inclán, en el vestíbulo, oigo el siguiente comentario: “Me ha gustado, no lo he entendido, pero me ha gustado”. Para un poeta no puede haber mejor elogio. Para una compañía de teatro  también. Que guste aunque no se comprenda del todo. Que se sienta. No me voy a devanar los sesos, pero lo que he visto, y oído, ha sido precioso, qué lenguaje, qué ritmo, qué mecánica, qué juego divino.
Para sacar interpretaciones con más o menos sentido están los intelectuales. Que se pregunten ellos por qué escribe lo que escribe, qué quiere decirnos. Nosotros, espectadores atentos e instruidos, queremos que nos subyugue, que nos atrape, que nos seduzca,… a través de todos los sentidos: de la palabra que escuchamos, del verso infinito, de la visión de la escenografía, del vestuario, cuidado y hecho con mimo, del tacto del joven que quiere casarse pero tiene que esperar siempre, cinco años, del gusto por la puesta en escena, todo bien medido, escaleras que no van a ningún sitio, ventanales que se mueven, si el tiempo no puede estarse quieto, el espacio tiene que buscar su sitio, y de los olores que emana la putrefacción y el amor, y el cariño, la muerte y el circo.
Los dulces si se guardan y se comen después, con el estómago vacío, saben mejor. Y el recuerdo es una palabra verde, que mana hilitos de agua fría.  Por eso hay que recordar hacia mañana, cuando hayamos salido de la función y nos preguntemos: ¿nos ha gustado? Y comprendamos que hemos visto a Lorca, vivo, al Lorca del surrealismo, al Lorca perdido que quiere cambiar el concepto del teatro, y se da un plazo de cinco años para que otros entiendan sus desatinos. Pero no pudo ser, porque Lorca no se atrevió a huir, a volar, y fueron otros los que tuvieron que ensanchar, malamente, su amor por todo el cielo.
Ricardo Iniesta nos sirve un Lorca exquisito. Un Lorca que sueña. Un Lorca divertido, de feria, de comedia del arte, un Lorca que no quiere morirse ahora mismo.
E incorpora unos actores que son los versos escritos, las palabras dichas, el texto en vivo. Las luces cenitales se introducen en ellos, la dicción es perfecta, el movimiento bien medido, el ritmo y la musicalidad sin estridencias ni desafines líricos.
Cuando el escenario quede vacío, Lorca bajará al patio de butacas a solazarse con lo que ha visto, con lo que hemos visto.

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