los atroces
Aterra esta historia de atrocidades, atemoriza, espanta, acongoja, y sin embargo, al mismo tiempo, enraíza en lo más profundo de los sentimientos, sobrecoge entusiasmando, apasiona.

La Compañía Teatro de Fondo conjuga la tragedia mitológica con pinceladas de humanidad y bondad, horripila manteniendo el humor que ya han adquirido sus personajes después de siglos de padecimiento. Han asumido su condición de inmortales, asesinados y homicidas, y para no volverse locos, deben aceptar su condición. Son familia, y tienen tanto que echarse en cara, que se matan entre ellos, se traicionan, se engendran también entre ellos. Y, como familia, conviven, se guardan los secretos, en cierto modo, se comprenden. La maldición se cierne sobre ellos y solo la voluntad de decidir romperá con el trágico destino.
Vanessa Martínez en la dramaturgia y dirección escénica de esta emocionante historia, ha conseguido desentrañar el nudo gordiano de un árbol genealógico que se perdía en la mitología desde que Tántalo, nada menos que el hijo de Zeus, juega y tontea con los humanos. Pero la directora le da la vuelta a la literatura y es ella la que juega con los dioses. Convierte el Tártaro (el abismo usado como mazmorra por los Titanes) en una casa dentro de cuyo interior se suceden todos los crímenes. Y nos lo traslada al siglo XX y nos lo acerca a nuestra realidad y nos lo presenta como nuestra cotidianeidad, como un suceso infausto de nuestros días, como una familia con sus más y sus menos.
Y lo que podría ser complicado y escabroso lo resuelve con inteligencia y un elenco de actores impresionante. Todos, menos Orestes, Mon Ceballos, interpretan dos o tres personajes y cada uno de ellos le da el matiz perfecto, el registro necesario. Es de gran ayuda, es verdad, el esquema de líneas sucesorias, el genograma pintado en el suelo, que nos permite seguir las complicadas relaciones entre unos y otros. Pero ahí están, grandes como dioses domésticos, Nuria Benet, que cada vez me sorprende más gratamente y mejor en la variedad de personajes que caben en su atractivo bagaje corporal e intelectual. Capaz de mostrar dureza y dulzura, drama y comicidad, con la misma intensidad de un lado que del otro. Pablo Huetos, del mismo modo, frío y calculador, pero tremendamente versátil que lo mismo representa al gran patriarca que a su nieto. Gemma Solé, Vicenç Miralles, Pedro Santos y, el anteriormente citado, Mon Ceballos, todos, sin necesidad de alardes histriónicos, viven y nos hacen sentir, en sus palabras, en sus silencios, en sus miradas, la profundidad de la tragedia que nos están contando, la amable cara también de los personajes sobre los que se cierne una pesadilla que ya han interiorizado.
Los atroces, obra con mayúsculas, conmovedora, escalofriante, monumental en su sencillez escenográfica, sorprendente. Tremenda, descomunal, atroz.

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